martes, 30 de septiembre de 2008

Aquella noche...





Aquella noche, permití que mi cigarrillo, jamás ausente, se consumiese entre su propia abstinencia; creando suspiros, -¡faena de sentidos!- Y observando el estallido de tus labios sobre mi cuerpo extasiado, fui sumisa ante el candor de amenas sabanas, fui depredada por el holocausto de tus palabras, mientras el paroxismo de mi mirada, vislumbraba tu tez erizada en el sollozo que te carcome al estar en calma. ¿Percibes mis manos acallando tus trémulos senos?

Orgiástica parece ser dicha instancia, pues, nuestro testigo con parsimonia permanece frente a nuestras efusiones. Testigo de mis deseos carnales, y la hoz de tus instintos pasionales. Tomaste mis manos hasta posarlas sobre cada extremidad cautiva de la adicción de mis besos, mientras socavaba tu insospechable desesperación mediante roces destajadores. Tu piel se abría con la misma fluidez con que martirizabas la cicatriz de tus desaciertos corporales, al exiliar de entre tus piernas la tensión que frente a mí, te reprimía.

– ¡Estrújame! -, decías.
– No tengas tanta prisa, aún nuestros labios no se han desgastado ni nuestras lenguas insípidas se muestran. Apenas empiezo a forjar mis caminos sobre la cuna de tu piel… espera…

El sonido de tu excitación enviaba vibratos sórdidos en la sombra que se formaba entre el atisbo de nuestros cuerpos. Tierna, desprotegida… hermosa, de esa forma te contemplaba, mientras rasgabas mi espalda, exigiéndome a través de gemidos, que sosegara el nerviosismo de tu voz… -bésame. Haz de mi boca algún despojo insignificante de la tuya-.

- ¿Qué esperas? Siento mis poros desinhibir fluidos que poco a poco, caerán sobre el vaivén afrodisiaco de tu ser. –musitas. Ahora, te pido que hagas de mis sofocadas peticiones el prolijo de tus actos; consume mi cuerpo, como si fuésemos tizones entrelazados frente al averno.

Aprisionaba tus senos entre mis manos, buscaba el brillo de tus ojos para dedicarte en silencio la sonata de mis pasiones. Tu lengua buscaba mi cuello; tus dientes, mis labios; y tus manos, los vestigios más recónditos y casi solubles de mi cuerpo. Teñíamos de aromas los almohadones, mientras arraigábamos en ellos nuestra esencia. ¡Gritabas! ¡Sonreías!

“No conocía piel mas dulce que la suya, no encontraba fragua como la de sus brazos ardientes, ni calor como el de sus pechos, jamás había probado del vino de sus carnosos labios. Sintiéndola sólo mía, recordaba alguna frase lejana que decía – el amor no es sino la necesidad de sentirse con otro-, y es cuando al verte atiborrándome de caricias, entregándote a la clemencia de mis intensiones, rompo el ritmo de aquella danza”.

Ahora, complazco al estallido de tu voz, estrujándote entre las garras que penetran la pureza que te envolvía. Inmóvil permanecías, te inquietabas entre el suplicio de tus orgásmicas vociferaciones. Tu pulso se intensificaba, y yo alimentaba mis tendencias con tus convalecencias.

¡Daj! –asentías con dificultad.


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He aqui, despues de algun tiempo una breve historia inconclusa y plagada de errores. Un poco vieja; mas, osare compartirla con todo aquel que guste pasearse curioso y empedernido sobre estos espacios delimitados por palabras.

Besos..

^^

domingo, 13 de julio de 2008

Fragmento de Pandora ---Ann Rice

Me viste antes de que detectara tu presencia. Llevaba puesta la capucha y dejé que mis ojos gozaran de un breve momento de gloria bajo la tenue luz del puente. Mi víctima se hallaba junto al pretil. No era más que una niña, pero estaba siendo asaltada y maltratada por un centenar de hombres. Deseaba morir en el agua. No sé si el Sena es lo bastante profundo para que alguien pueda ahogarse en él. Tan cerca de la calle St. Louis. Tan cerca de Notre Dame. Quizá lo sea, si uno puede resistirse a un último esfuerzo por aferrarse a la vida.

Pero yo sentí que el alma de esta víctima semejaba un montón de cenizas, como si su espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara su cuerpo, un cascarón roto, enfermo. La
rodeé con un brazo, y cuando vi reflejarse el miedo en sus ojillos negros, cuando comprendí que iba a hacerme la pregunta, la envolví con imágenes. El hollín que cubría mi piel no logró impedir que yo pareciera la Virgen María, y ella sucumbió a los himnos y a su devoción, incluso vio mis velos en los colores que había visto en las iglesias de su infancia, al tiempo que se doblegaba ante mí, y yo —sabiendo que no necesitaba beber, pero ansiando beber su sangre, ansiando saborear la angustia que emanaría en sus momentos postreros, ansiando degustar el exquisito líquido rojo que llenaría mi boca y haría que me sintiera humana por un instante en mi monstruosidad— cedí a sus visiones, le doblé el cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces, en el instante en que clavé mis dientes en ella, en que bebí su sangre, cuando me di cuenta de que estabas ahí, observando.

Lo supe, y lo sentí, y vi la imagen de nosotras en tus ojos, lo cual me distrajo momentáneamente mientras experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba viva, conectada de alguna forma a los campos de tréboles o a los árboles que hunden en la tierra unas raíces más largas que las ramas que se alzan hacia el firmamento.

Al principio te odié. Me viste mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima. Me viste cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena. Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.

Porque ella deseaba vivir. Envuelta en santos, soñando de golpe con pechos que la amamantaban, su joven cuerpo se debatió, revolviéndose contra mí, contra mi forma dura como una estatua, mis pezones sin leche incrustados en mármol, sin poder ofrecerle consuelo. Deja que vea a su madre, muerta, desaparecida y aguardándola. Deja que yo vea a través de sus ojos moribundos la luz mediante la cual ella se dirigió hacia esta incierta salvación.

Entonces me olvidé de ti. No estaba dispuesta a dejar que me robaras este instante. Empecé a beber más despacio, dejando que ella suspirara, que sus pulmones se llenaran con fría agua del río, al tiempo que su madre se aproximaba cada vez más, de forma que la muerte se convirtió para ella en un lugar tan seguro como el útero materno. Le chupé hasta la última gota de sangre.

Sostuve su cuerpo inerte como si lo hubiera rescatado, como si hubiera ayudado a una joven borracha, débil y enferma a bajar del puente. Introduje la mano dentro de su cuerpo, destrozando su carne con gran facilidad pese a tener los dedos tan finos, le agarré el corazón, lo acerqué a mis labios y lo succioné, con la cabeza sepultada junto a su rostro, lo succioné como si fuera una fruta, hasta no dejar una gota de sangre en ninguna fibra ni ventrículo. Y entonces, lentamente —tal vez en un gesto dirigido a ti—la levanté y la arrojé al agua que tanto había ansiado.

Ella ya no lucharía mientras sus pulmones se llenaban de agua del río. Ya no se debatiría desesperadamente en el agua. Le chupé el corazón por última vez, hasta arrancarle incluso el color, y lo arrojé tras su cadáver —como unas uvas estrujadas—, pobre niña, hija de un centenar de hombres.

Ahora, un poco de Pandora -------- Ann Rice

—No me dejes —suplicó el muchacho—. Esta noche no.

—De acuerdo —contesté. Lo conduje a mi camarote y cerré la puerta, tras despedirme con un educado gesto de Jacob, quien nos observaba con el celo de un guardián.

—¿Qué quieres?—pregunté.

El joven me miró y meneó la cabeza. Alzó las manos en un gesto de desesperación. Luego se volvió, me estrechó entre sus brazos y me besó. Nos besamos con frenesí.

Me quitó la camisa y nos tendimos sobre el camastro. Pese a su rostro infantil, era todo un hombre.

Y cuando llegó el momento de éxtasis, lo que ocurrió muy pronto, dada la tremenda energía del joven, noté el sabor a sangre. Me había convertido en el vampiro del sueño. Mi cuerpo se tensó, pero no importaba. Él disponía de cuanto precisaba para concluir sus ritos de la forma satisfactoria.

—Eres una diosa—dijo, incorporándose.

—No —musité. El sueño cobraba vida. Percibí el sonido del viento sobre la arena. El olor del río—. Soy un dios... un dios que bebe sangre.

Realizamos los ritos amatorios hasta que quedamos extenuados.

—Muéstrate discreto y cortés con nuestros anfitriones hebreos —le dije—. Son incapaces de comprender esta clase de cosas.

Él asintió con la cabeza.

—Te adoro —musitó.

—No es necesario. ¿Cómo te llamas?

—Marcellus.

—Bien, Marcellus, vete a dormir.

Marcellus y yo convertimos cada noche en una orgía de placer hasta que al fin vimos el faro de Pharos y comprendimos que habíamos llegado a Egipto.

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Poco despues de Lydia (Pandora) haber tenido una pesadilla en la que cumplia el rol de vampiro, con tanto fervor y placer, se entrego a aquel muchacho que apenas conocia.

Me ha gustado ese fragmento de -Pandora-, escrito por Ann Rice. ---Y fue asi, como dos cuerpos extraños entraron en intima complicidad, y el extasis de sus "ritos amatorios" les condujeron a agasajarse continuamente, noche tras noche... entrega tras entrega.

^^

sábado, 24 de mayo de 2008

A Guy Roussille, Cinco imágenes - De Alvaro Mutis

" El otoño es la estación preferida de los conversos. Detrás del cobrizo manto de las hojas, bajo el oro que comienzan a taladrar invisibles gusanos, mensajeros del invierno y el olvido, es más fácil sobrevivir a las nuevas obligaciones que agobian a los recién llegados a una fresca teología. Hay que desconfiar de la serenidad con que estas hojas esperan su inevitable caída, su vocación de polvo y nada. Ellas pueden permanecer aún unos instantes para testimoniar la inconmovible condición del tiempo; la derrota final de los más altos destinos de verdura y sazón. Hay objetos que no viajan nunca. Permanecen así, inmunes al olvido y a las más arduas labores que imponen el uso y el tiempo. Se detienen en una eternidad hecha de instantes paralelos que entretejen la nada y la costumbre. Esta condición singular los coloca al margen de la marca y la fiebre de la vida. No los visita la duda ni el espanto y la vegetación que los vigila es apenas una tenue huella de su vana duración. El sueño de los insectos está hecho de metales desconocidos que penetran en delgados taladros hasta el reino más oscuro de la geología. Nadie levante la mano para alcanzar los breves astros que nacen, a la hora de la siesta, con el roce sostenido de los litros. El sueño de los insectos está hecho de metales que sólo conoce la noche en sus grandes fiestas silenciosas. Cuidado. Un ave desciende y, tras ella, baja también la mañana para instalar sus tiendas, los altos lienzos del día. Nadie invitó a este personaje para que nos recitara la parte que le corresponde en el tablado que, en otra parte, levantan como un patíbulo para inocentes. No le serán cargados a su favor ni el obsecuente inclinarse de mendigo sorprendido, ni la falsa modestia que anuncian sus facciones de soplón manifiesto. Los asesinos lo buscan para ahogarlo en un baño de menta y plomo derretido. Ya le llega la hora, a pesar de su paso sigiloso y de su aire de -yo aquí no cuento para nada-. En el fondo del mar se cumplen lentas ceremonias presididas por la quietud de las materias que la tierra relegó hace millones de años al opalino olvido de las profundidades. La Coraza calcárea conoció un día el sol y los densos alcoholes del alba. Por eso reina en su quietud con la certeza de los nomeolvides. Florece en gestos desmayados el despertar de las medusas. Como si la vida inaugurara el nuevo rostro de la tierra. "
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Este texto, sencillamente, me cautivo de la misma manera con que lo hizo Isabel Allende, lo han hecho otros y lo harán muchos mas...
Asi que, comparto esos matizes envolventes en este breve espacio de palabras...

miércoles, 7 de mayo de 2008

–¡Huye benévola!–.

–¡Huye benévola!–. En sueños la gloria que representa tu cuerpo por mi tacto será alcanzada. De nuevo, el viento ha cautivado la trayectoria de la danza de uno de tus pétalos, ¿será esa la dirección por la que descenderá la proeza que representa tu vida? Imposibles son de tararear aquellas melodías que dictan los chasquidos de tus suspiros, pues, inherentes y devotos han de ser, ante aquella Deidad profanadora de minuciosas divagaciones en las que atas lo que llaman “manía”; ¡Locura, éxtasis mental!

Intérnate en los suburbios exiliados por el tiempo; en los recovecos que anuncian presagios dictados por la extenuación de la razón, ¿dónde estás, Diosa de mi cordura? Prisionera entre palabras, te imploro. Indiferentes roces me son entregados por el desdén de tu presencia; ¿En realidad tu recuerdo se limita a tan mísero sentimiento? ¡No sabes cuánto me lamento! ¡Mi tacto te aclama! Regresa, Fílide de ancestrales cartas.

Mis sentires visten tus labios cada mañana. Cientos de anhelos he vertido sobre el cielo, impregnado las estrellas de historias que espero vivir junto a ti; esta noche seremos protagonistas de una de ellas, mientras el viento entrelaza su voz al silencio, para susurrarle al mundo: devoción. Inmutando la inercia que mantienes, al recitarte todo esto, me acoplaré al canto de las brisas del invierno, para dedicarte mis sentires más perfectos entre la abstinencia de aquel suplicio en que vive el mundo. Te quiero. Duerme; sueña, pues, sólo allí te bañaras entre pétalos, bajo el regazo de aquel cielo que purificará tus tersas anécdotas; sueña…. Y, canta mientras prolongo la infinita gama de estrellas disfrazadas de alba. Mis manos, exaltadas, no logran encontrar la calma, ¿Dónde estás, mi Dama? Lenore… ¡Lenore! ¿No escuchas mis gritos? ¡Respóndeme! –Digo desesperada, ineludiblemente entre sollozos-.

Absorta en lúgubres e inoportunas miradas, te encuentras; me pregunto, ¿acaso te ves reflejada en ellas? O ¿buscas retornar pasiones lejanas en el transverso tiempo, uniéndote al sentimiento? Confusa me mantengo, sujeta al hecho de quererte, tal y como la vida se adhiere a las huellas dejadas por generaciones pasadas. Palpables son aquellas marcas que, desgajadora la impaciencia, ha dejado sobre mi; posa tu mano sobre mi pecho, siente cómo entre el y mi cinto, empieza a desatarse algún tipo de tempestad, arrobo de dudas y sentires tan torpes como ingratas han de ser las tretas con que han de manipularnos, en manos de la distancia. Entrégate al candor que elimina al maltrecho tiempo; ¡Entrégate a mis besos!

¡Locura!… locura; he pasado a formar parte de los vestigios de aquella ficticia forma de vivir. Escribamos con lágrimas éstas palabras, dibujemos con metafóricos roces, el peso que ejerce el tiempo sobre nuestros taciturnos cuerpos, los que se niegan a su pasión menguar; ¿Es un sí tu silencio? ––un soplo cálido y quejumbroso me hizo sonreír––. Entre tantos delirios, el brillo de tus ojos enceguece mi razón; ¡Esbozo de dolor! Ahora, no puedo hacer más que alimentar la sed de éstas teclas, quienes no hacen más que provocar adicción, ya que los hechos que repentinamente ocurrirán en la prometedora historia que está por desatarse, parecen no tener indicio alguno sobre aquel presagio enviado por mis anhelos.

Enfoco mis ojos desconcertados sobre el cielo; no veo más que pasajeros sueños, ¡Tan perdidos! ¡Tan muertos!, no entiendo por qué han de aturdirme sus gritos, si tan sólo son torrentes de desvalidos sentires. Empiezo a dejar huellas sobre rostros perdidos, ¡Retratos de infamias!... – ¿Qué pasa? –.

Continúo observando con insistencia hacia aquel ‘portal de sombras’, tal vez en busca de alguna remota señal que logre otorgarme instantes de sensatez, ¿he de buscarte, o busco verte entre mortales y no entre seres exánimes? –Me pregunto, mientras acuno mi cuerpo sobre el frío suelo–, basta ya de perdida de tiempo, la alborada empieza a matar las estrellas; – ¿Cómo podré encontrarte sin sus efímeras anécdotas? –

Un grito – ¡Ahh! –, libero para inmutar el claustrofóbico silencio; ¡Prisión de miedos! Nada cambia. Todo sigue siendo tan agobiante como perdida en las afueras de mi propio mundo, me encuentro. – ¡Ahh! –. Empieza a desatarse de nuevo. – ¿Qué sucede?– Con mis pupilas dilatadas, bajo el efecto de inesperados sucesos: miedo y ataques esquizofrénicos, logro aceptar que el sol, pesado y abrumador, sobre mi está. El reencuentro de tus recuerdos, míseramente, ha muerto; aquellos destellos emitidos por tus ojos, a su vez, lo han hecho.

– ¿Dónde estás? ¿Podré encontrarte? –. ¡Que enfermizo!

Tendida caigo de nuevo, esta vez, sin saber cómo, ha sido sobre el confort de la gramilla. Tratando de recordar como he llegado hasta allí, inicio una pesquisa obsesiva, recopilando viejas vivencias. Tal parece que, partí del encierro de aquel envolvente caos, representado por mi entorno, adentrándome en la tez de algún espeso bosque, al carcomerla con el filo cortante de mi presencia… sólo, por buscarte.

– ¿No ves lo qué hago? ¿No percibes cómo llora el mundo, mientras a ti te busco? ¡No te ocultes, Lenore! –.

Atravesando la espesa progresión de ramas atravesadas, cansada, me regocijo bajo la humedad de un frondoso árbol de almendro, donde me limito a limpiar de mi cuerpo viejos lamentos, con metáforas de lluvia: pétalos; mientras deleito mis sentidos con tan gratos roces, te pienso. Mis ojos, convalecientes, son bañados por el rocío que trajeron consigo centenares de albores. Mi boca encuentra arrobo al probar de las asperezas del suelo, frutos prohibidos ante los ojos del mundo. Fugazmente, me incorporo. Delimito fronteras en mi imaginación, dibujando con mi voz en el viento, nuestro próximo encuentro.

Entre quimeras, perdida me encuentro. Tanto mi cuerpo como mi mente, empiezan a padecer de trastornos aún más irónicos que la locura.

– ¿Es este el precio que debo pagar, por a una Deidad amar? –––Digo, mientras realzo las expectativas de mis historias, impetuosamente, pasionales.

Energúmena, llevo mis manos hasta mi cabeza, manteniendo con firmeza expresiones de fatiga y desespero en mi rostro. Empuño fuertemente mis manos, aprisionando y halando con furia aquellos hilares que entre mis frágiles dedos se encontraban. Creo ver espíritus atrapados en el viento, pues, sé que no te tengo; majestuosamente, mientras mis quejidos danzan en compañía de las cantatas emitidas por el colapso de aquellas hojas que ornamentan dichos árboles, veo cómo innumerables destellos hacen de tu sombra, cuán hermoso destajo de encantos; ¡Ecos que te ausentan!

Mis ojos entornados, metamorfosean el sigilo, en augurios emanadores de impávidos gritos. No logro divisar los confines de mi cordura, ¿he perdido totalmente la razón? –Murmuro–. ¿Empiezan a seguirme las estrellas? –Agito de un lado a otro mi cabeza, intentando espabilarme–. Trato de ignorar su latente presencia. Continúo caminando, mientras escucho voces que resuenan incesantemente en mi cabeza, diciendo: – ¡oh, por Dios! ¿Es esto dolor, disfrazado de tan sutil canción? –. Justo al pronunciar esto, postrada caigo, al percibir azotes del viento sobre mi desfallecido cuerpo.

De pronto, sorpresivamente, con la misma certeza de un reavivado suspiro, me encuentro de pie, buscando nuevamente, alguna señal que me ayude a unos cuantos pasos más, dar. De forma extraña, he logrado menguar la tensión que se encontraba justo en la comisura de mis párpados; efectivamente, duermo. Mis manos parecieran amoldarse al caudal que inmacula todo torrente que ose desembocar sobre él, tu cintura; mis labios, impacientes, con locura y entre desatinos, se posan sobre los tuyos, con tanta fuerza y veracidad que podría arrancártelos. Aquel calcinante sol, no tardó en sucumbirme y alejarme de mi estado de somnolencia. Aturdida, comprendo que todo ha sido un mísero sueño, producto de la secuela de tu ausencia.

He aquí, entre deseos y márgenes fijados torpemente con tinta sobre alguna atiborrada gama de frases, el cementerio de mis incipientes anhelos. No existe pausa en mi llanto, pues, sé que no has muerto… tan sólo, otórgame consecutivamente, centenares de prorrumpidos besos; ¡Abstén el tiempo! Con caricias, eleva mi enerve revoloteo, y dime que estás conmigo, de nuevo. Espera un poco; esta noche, serás testigo del canto que profetizará nuestras andanzas por las estrellas, bajo aquel manto con que ha de cubrirnos la lluvia en medio de transcendentales palabras, que acunan las carencias del alma. ¡Alimenta tus sentires entre la distancia! ¡Sé perenne, mi Dama!

¡Consígueme! Hoy, la luna canta… ¡danza! Danza, Fílide de mis besos; Lenore de mis sueños…
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Por poco olvido esta carta, o deberia llamarle historia. Fue escrita a mediados de Enero o principios de Febrero; dejando atras eso, continuo compartiendo mis lineas: las pasadas... las actuales, y en cada comentario anexado a mis prosas, el prologo de algun porvenir de creaciones. ^^. Espero, no me equivoque al decirlo.

Tierna, desprotegida... hermosa.

Detallo la transparencia que caracteriza la parsimonia de tus proezas, mientras me envuelves con el candor de tu sonrisa, en el hálito vociferante dictado por tu ausencia, ¿dónde estás? Te observo; no, en realidad sólo te pienso. Taciturnas elocuencias son escuchadas al unísono de estertores que, en cada paso, extinguen las gotas de tu presencia. Mis líneas parecen exangües al ser dedicadas entre los cimientos muertos de tus vehementes secretos, ¡cuán impetuosos! ¡Cuán vertigínio de fuerza!

Como si cometiese alguna perfidia, con la pasión de mis latidos, entera te estremezco; tu piel busca mis roces, mientras tu boca consigue aquel sorbo blasfemante de la mía. Nuestras lenguas se entrecruzan. Nuestras manos se adhieren al rito urgente que hace estallar la faz endeble que acalla el sosiego libidinoso de centenares de sueños, ¡fragua ignominiosa de besos! –Shh. Calla. Siente cada soborno doblegado en silencio. Shh-.

Tus manos siguen siendo sensaciones que envías en conjunto con el viento para mi. Tus labios permanecen perennes, fecundando flagelos sobre cada poro… sobre cada centímetro disfrazado del alba que sonroja mis mejillas, entre la abstinencia de gélidos momentos. Otórgame uno de los tantos despojos del Hades con que sueñas y aquel al que recurres mientras de mi calor te alejas. Permíteme acariciarte, para así rociar sobre tus sentidos, mi esencia.

Te siento, ¿acaso buscas mi cuerpo sobre aquellas exánimes teclas? Traslucidas capas rodean estos carmesíes con que te arrullo en la instancia perfecta; tierna, desprotegida… hermosa, así te contemplo en el sollozo del tiempo, mientras desembocas tu quietud entre mis brazos, buscando la calidez de mi voluntad… en las palabras que ante ti, probablemente ya no estarán, ¿aún puedes verlas? Trascendentales fueron hasta la instancia en la que extirpaste entre tus decisiones el lienzo sobre el que dibujo la verdad abstracta con que visto al plectro que te aclama.

Desatino al verte y no poder poseerte. Ahogo mis anhelos en el vacio que sofoca nuestras voces desde aquel lugar en que yace perdido, el olvido. Observo tus labios, mientras en un beso trasmuto la desgajadora impaciencia, estrujándola en esta confesión impávida pero veraz; este momento profético me transporta a la quimera en que te alojas, acaricio tus pómulos enriqueciéndome con su simpatía; palpo tu piel delicadamente, para no ofuscar su tenue belleza, alcanzo tus labios, estos entreabiertos empañan mi sed con su aliento, ¿es esto un beso?

Delgados hilares de tela ornamentan tu cuerpo. Tierna, desprotegida… hermosa; así te contemplo entre el frio cortante de mis brazos, grabando y rasgando mi tez con el aroma que impregna de ti la esquizofrenia de mis entrañas; plenamente, en calma.
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Solo unas endebles lineas; me siento, de nuevo, sin fuerza. Espero no sean del todo inhospitas estas palabras. Ya no soy la misma de hace unos meses... aun asi, aqui les dejo la simplicidad que hace de estas letras algo casi exangue.

lunes, 5 de mayo de 2008

Ladrona y Asesina

Para mirarte por dentro y entender tus movimientos, para dejarte un poco de mí, para que te recuerde, para que me olvides pero no completamente...

Te dormiré de un golpe en la nuca, abriré tu cuerpo y te sacaré el corazón, le inyectaré una jeringa llena de mi sangre...

Te sacaré los ojos y los pondré en lugar de los míos, sacaré tu cerebro y plasmaré tus pensamientos en mi cabeza, robaré tu alma y la tragaré...

Quitaré el olor de mi cuerpo y te bañaré en él, grabaré con cincel en tu pecho el dulce dolor que siento a veces...cuando te veo...

Me arrancaré la lengua y te saborearé completo, abriré mi pecho y lo vaciaré en ti, un poco en tu cerebro, un poco en tu corazón...

Devolveré lo tuyo y te entregaré lo mío, te acariciaré las manos, los brazos, tomaré tu cabeza y la acogeré, te meceré como si fueras un niño, me acercaré a tu rostro y robaré tu aliento, acercaré tu oído a mi centro y me dejaré caer sobre ti...

Te acariciaré, acariciaré tu pelo y te despertaré con un dulce beso...Y cuando abras tus ojos me habré ido.
Entendiéndote. Rompiéndome.

Y cuando abras tus ojos me habré convertido en ladrona y asesina, te habré robado y me habré matado. Y tú, no sabrás nunca que por tus venas corre un poco de mi sangre.
Y ya no tendrás claustrofobia.
Sólo sentirás un ligero dolor en la nuca y el extraño recuerdo de un rostro pálido como la luna.


Texto escrito por Alfonsina
http://cicutaomaleza.blogspot.com/

domingo, 27 de abril de 2008

Dia 326

Aún las palabras son emitidas sin fuerza; cuándo podré percibirte de nuevo mientras evoco el veredicto abstracto de nuestras proezas, al besar vendavales elocuentes de deseos en los que, se manifiesta cautiva, la esencia libidinosa de tus labios. Letargo de enerves presencias, murmulla entre ausencias el etéreo sentir que te estremece sumida en quimeras y esquizofrénicos momentos tan desatinantes como funestos; justo ahora profetizo la simplicidad de estos versos al cauterizar las heridas del tiempo, sobre aquel lienzo de lagrimas y chasquidos de turbios encantos que envuelven lo que ha de llamarse, vida… continúo consagrando el sacrilegio de mis días.

La lluvia, parece ser sólo la efigie de sarcásticos recuerdos; pero, permanezco inherente a dicha flagelación constante en el pensamiento. Atiborrabas mi cuerpo de besos; arrancabas de mi piel aromas ajenos, dejados por el confort emanado por seres ajenos a la imperfección de éste; vislumbrabas miradas llenas de quejidos en el ofuscado brillo de mis ojos, me pregunté una y otra vez: ¿placer o dolor?, ahora, solo indagaba entre los senderos sinuosos que me obligaban a recorrerte entera, haciéndote mi pesquisa obsesiva.

Sigues siendo la ferviente que ornamenta la escasez de mis líneas, ¿Por qué? -¡Ja!-, no hago más que tomar trozos de algún argén para tallar en él unas cuantas anécdotas, mientras converso con la inexistencia de relevantes palabras previamente dedicadas.

Tenues destellos sumían fragancias tangibles, no tolerábamos un segundo más de abstinencia. Te posaste sobre mí; entre fallecidas lascivias verbales socavábamos caricias, tu cuerpo empezaba a bañarme con su pudor mientras vestía la desnudez que habías dejado en él; saboreabas el rocío que desembocaba sobre mi vientre; recitabas sobre cada poro tus más perversos anhelos, erizando mi piel, ¡cuán extasiada!, mi cuerpo se sucumbía; la vibración de nuestros labios resonaba en aquel vacío estridente, al unísono del silencio cóncavo de gemidos muertos en la lejanía.

Con tu mano izquierda, acariciabas mi rostro acallando mis trémulos sentidos, adentrándote en el espesor casi impenetrable de mis pupilas, musitándome –eres mía-.

De pronto, congelando esa instancia en otra perspectiva de la inconsciencia, mis tejidos lozanos, se funden sobre el candor que te envuelve... , asfixiando tus gemidos con pecados ardientes, exhumados de los recovecos de la existencia. Tu mano derecha logró liberarse de mis vertiginosas entrañas, minuciosa explora cada sensación que exhortas en mi tez, mientras a mordiscos desgajas mi orgullo en el miasma de orgásmicos gemidos que se consumen en su agónica represión.

- Así recuerdo sentirte. Así la brevedad de éste relato, crea estragos en las voces que a menudo, como te lo he comentado, me orientan-.

--¿Era esto lo que deseabas? ---Dices sonriente y exaltada.

Te observo, me detallas totalmente exacerbada. Bruscamente, estrujo la sensualidad de tus pechos con la calidez que merodea en mi boca. Gritas. Te estremeces.

No escuché voces, solo tus suspiros y el arrobo que impregnaba de humedad aquellos carmesíes tersos.

- Han pasado 326 días, durante centenares de noches las estrellas han tratado de rasgar la pureza del cielo, buscándote-.

326 días, mi cama esparce tu aroma en toda mi habitación; empiezo a alucinar. Esta noche, duermo. Encarno de nuevo, otro recuerdo de lo que, me gustaría, fuese cierto: renaces, realizas un recorrido ascendente con tus manos desde los indicios de mi abdomen, seguido de aquel hálito que trasmuta mi inercia al empañar tus rastros; alcanzas mis senos, los atrapas. Creas un lenguaje que sólo entienden las extremidades exaltadas de mi cuerpo aún danzante en medio del ritmo fugaz de tu voz; ¿en realidad eres dicha melodía? ¡Que sublime!

Empapada de sudor, despierto agitada. Miro a mi alrededor, no te encuentro. Desconcertada destajo algunas sonrisas plagadas de mentiras que osan decirme que, jamás has sido mía. Tan profanado entorno empieza a adornarse con lúgubres percepciones, que al igual que todas, añoran ser el vociferante de tu nombre.

- ¿Cuántas lunas he pasado esperándote?- ahora, conversaré con aquel desacuerdo perenne sobre el silencio. Sólo una canción se acopla a esto, mientras en mi soledad… grito que sin ti padezco.

Repito. 326 días. Centenares noches. Espasmos que corrompen aquel letargo que ocultas tras constantes reproches.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Relegada de ti.


Como huellas en la arena, se desvanecen en ti las anécdotas, como retratos de infamias, permanecerán, tal vez en ti, estas palabras; sin embargo, ineludiblemente, trato de buscar de nuevo fuerza, en cada respiro y palabra, en cada susurro y en calma, como si delimitase veraces instancias, en el umbral sobre el que te pedí, en sueños, ser la portadora de aquellos sentires en los que absorta permanezco cuando te pienso.

La nostalgia desgarra mi tez, lagrimas corroen la marginación de mi oprobio; pues, cruentamente, postrada ante ti me encuentro, gritándole al silencio que en su abstinencia jamás te enajene, para así inherente a la verdad de mis palabras… tenerte, atiborrándote del cariño que reboza de mis impunes brazos; despojos ornamentados de sublimes encantos. Permito que los flagelos del viento desgajen mi cuerpo; mientras, voces en la lejanía susurran entre ecos, que te pierdo. Tan efímera como forzadas sonrisas, han de tornarse aquellas instancias que carcomen el tiempo, al hacerlo cada vez mas etéreo y maltrecho; -¡No te sumerjas en el vacio de tu desconcierto! ¡Cree en mí, mi querido pétalo!-.

Prorrumpidos vendavales tienen la dicha de tu piel acariciar, ¿podré al igual que ellos, susurrar sobre cada poro de tu ser, lo que siento? ¡Rompe la inercia de tus labios! ¡Confiesa lo que callas!

-¿Debo llorar para que entiendas que todo ha sido real?- Contemplo tu recuerdo en la calidez de cada soplo, bajo el rocío de la perfección del alba que te marchita, al exiliar de tu vida los arrobos que te aclaman entre carmesíes tersos, entre fraguas y desvelos.

Tragedias agridulces e indecisas son las protagonistas de nuestras tretas. Toda frase inhóspita se torna ante la bajeza de esta afrenta caudal de líneas; ¡Tan sublimes!... ¡Tan viles!; ¡Tan puras!... ¡Tan indescifrables!
Conversaré con letargos. Me arrullaré en el regazo del suplicio. Le cantaré a la faena de tu indiferencia, aquella prosa que tarareas con ironía. Continuaré siendo, anhelante masoquista.

Nítida en mi mente te encuentras, como si tu rostro estuviese dibujado sobre el lienzo del tiempo, como si tu sinuosa silueta fuese la desembocadura de éstas letras, como si tus ojos fuesen alguna espesa gama de estrellas perdidas en la incertidumbre de su reproche. Eterna y titilante; inmaculada… argentada. ¡Resplandece, mientras crees!

Temerosa de perderme en el sendero de tus labios, recorro las distancias del tiempo, forjando nuevos confines presididos por albores de miedos, impregnados de incesantes sentimientos que mueren al ser ciertos… acoplándose al fervor cautivo en algún horizonte sin retorno.

Anhelante o furtiva. Soñadora o noctívaga. ¿Qué podré ser? Relegada de mi devoción... relegada de ti.


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Padeciendo la letania de quien solia ser la musa de mis lineas, me encuentro. Mis creaciones literarias han perdido su fuerza; ahora, enteramente simples, son. Empiezan a extinguirse las palabras, en mi son ineludiblemente escazas. ¿Cuando piensas devolverme aquella inmensa gama de metaforicas connotaciones? ¿Cuando las traeras con el brillo del impetu que caracteriza tu presencia?

Flagelada en tu ausencia, tratando de divisarte entre las estrellas...

Espero plasmar, de nuevo, lineas verosimiles y vehementes... tratando de relegar la secuela que ha dejado en mi, su ausencia. Hasta pronto... ^.^.

martes, 18 de marzo de 2008

Rolf Carlé. --Un poco de Isabel Allende--

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también éste que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vistas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

Cuéntame un cuento -te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.



Rolf Carlé.

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Con este texto comienza "Cuentos de Eva Luna". A pesar de que aun no he leido dicho libro, tal fragmento me ha encantado. Enteramente cautivador.
^^

domingo, 2 de marzo de 2008

Como tizones. (perdoname 2da parte)

Mis labios no han parado de temblar desde que me dedicaste cada minuciosa gota de tu indiferencia. Mi aliento, gélido, empaña al viento de lamentos, ¡Consérvalos! Mis brazos padecen entre los flagelos de tu ausencia. ¡Necesito acunarme en ti! ¡Déjame vivir! Regálame frases beneplácitas para cesar la impaciencia que carcome mi calma.

¡Abrázame! Funde tu cuerpo sobre el fervor que hace latir por ti, la sinuosa pesquisa de mi corazón, ¿dónde estás? ¡Contesta! Entre el desdén creado por el oprobio de mi engaño, miro al cielo y solo diviso en él, el ocaso de nuestros labios; ¿serán míos cuando logre decirte cuánto te amo? Extingue mis lágrimas, regresa… ¡Regresa!

Esta noche el viento relata nuestra historia, espero que sus palabras logren palparte, pues, son caricias que mis manos, trémulas, desean sobre tu piel esparcir. Confitemos nuestros sentidos, extasíame con tu voz… canta, ¡Canta! Haz del viento algún vestigio esbozado con lástima. Atiborremos nuestros cuerpos con besos; seamos la faena incipiente del fuego, ¡cuán fragua de deseos! Mientras acoplamos cada recoveco… cada sendero, plagado de calidez, sobre aquel vendaval alocado de sueños: tu piel, la fragilidad que argenta la belleza de una rosa, al pedirte que te inmacules de tal forma en mi memoria.

Como tizones ante las brasas ardientes del averno, ¡unamos nuestros cuerpos! Perdóname. ¿Por qué te cuesta tanto, otorgarme el candor que purifica tus manos? Eres la necesidad de mi tacto; aquella Deidad, que hace de mis líneas cuán libérrimo hálito de seres exhumados de su propia quimera entre encantos. Permíteme escuchar las cantatas que emites, mientras mientes al decir que eres impasible; tan sólo, corresponde este tórrido y desvergonzado quejido, que implora de nuevo vestirse del albor de tu sonrisa, al ornamentar el sigilo… con la danza de tus pasos.

-Como tizones, convirtámonos en el demencial sortilegio disfrazado de fuego. Perdona el desasosiego de mi sentir, renace en aquel Edén fecundado entre palabras, que visten la bondad de tu mirada. Renace, mi Dama…-.
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No entiendo por qué mis palabras son tan escazas; me es casi imposible dedicar vagamente la brevedad de mis líneas. Más, me limito a decirte, entre esta ebriedad emocional que, muero por estrujarte entre mis brazos; confesarte cómo en silencio, me entrego al castigo de tu enerve presencia… sólo mediante sueños. Extasiada de anhelos, empiezo a nadar entre la espesa gama de estrellas que mis ojos fecundaron sobre el cielo para ti, tratando de encontrarte entre sus fugaces instancias, a la vez tan perennes y lejanas, tan abstractas como entornadas… tan sumisas, tan viles.

Permíteme ahogar mis besos en tus suspiros, colar mis labios entre el sigilo de tu voz; mientras hago de tu cuerpo el caudal de mi cariño. Siénteme. Percibe éstos noctívagos lamentos, vibrantes e insoslayables. Dormitante, leeré el verso de tu cuerpo, aquella fragua plagada de ignominiosas fantasías frente al que se deleite con el frenesí que sucumbe cada recoveco cautivo en el tiempo.

domingo, 24 de febrero de 2008

Perdoname... perdoname.

Analizando anécdotas como si se tratase de imágenes impresas con sentimiento, te pienso. Observo tus sonrisas, mientras acaricio tus mejillas tan sólo con percibir cómo llora el mundo, entre aquellos suplicios exhumados de seres exánimes, ¿Dónde estás, mi Dama? Escucha los siseos que mi todo grita por ti; me pregunto, ¿Cómo podría encontrar redención, del error que cometió el egoísmo de mi corazón?

Posa tu mano sobre mí, ¡Siente la fragilidad con la que me mantengo con vida! ¡Ven! Otórgame la brevedad de algunos instantes, sé que es tarde para postrarme en la ilustración que representan mis líneas para ser perdonada, pero… mi sentidos no conocen el tiempo, sólo padecen bajo el regazo de cientos de letanías cantadas por el letargo de tu ausencia. ¡Regresa! Recae de nuevo, sobre el regazo de mis brazos, permíteme articular el caudal de tu llanto, pues, he de ser el sendero delimitado por tus suspiros, ya que entre palabras… entre efímeros centímetros, trato de aproximarme a ti, con el propósito de agasajar lo que parece extenuarse entre la distancia, y las pésimas decisiones tomadas. ¡Perdóname!

Imposible de aceptar es el hecho de no saber de ti; ¿Cómo estás? ¿Qué disfraza la elocuencia de tus palabras? Por ello, me limito a, de forme leve y breve, tener la osadía de hacer estas letras cuán destajo de sentires tersos. Confieso que me arrepiento; más, no fui capas de hacerlo a tiempo; ¿Por qué te cuesta tanto entender, mi querido pétalo? –Una ráfaga de viento irrumpe nuestra inercia–, ¿Eh? ¿Escuchas lo que nos dice el silencio?

Mis músculos se tensionan. Empiezo a respirar con tanto ímpetu que mis brazos optan por desafiar el revoloteo de los pájaros, al buscar de forma poco usual, el calor con que vistes la perfección de tu ser.

“Mis trémulos dedos, mientras trascendentales instantes desgajan la veracidad del tiempo, no hacen más que buscar confort sobre éstas gélidas teclas, con las que mi tacto no crea frases sin que hallan sido dedicadas previamente a ti, en presencia de todo encanto que ose frecuentar la belleza de tu tez”.

Permíteme expandir los horizontes de tus te quiero. Entre mis palabras empiezan a desencadenarse, metáforas de lascivias pasadas, pues, ¿Podría algo con mayor deseo para alguien plasmar? Escucha los esbozos de tus gestos, quienes padecen en su propia ironía.

–Shh. Shh–. ¡Siénteme! ¡Perdona lo ineludible! –.

Huyes. Tal comportamiento no me extraña; más, sin otra opción, te busco. Son tus pasos, heridas; tus suspiros, hilos argentados de recuerdos, ¡Instantes perfectos!

…Es tarde. Es tarde para en suplicas mi voz desgajar. Perenne es el agobio que carcome cada recoveco eclipsado bajo el brillo de tu rechazo, ¿No ves como extingues los despojos de mi cuerpo? – ¡No me mates! No tu, portadora de estos versos–.

Sujeta mi mano. Acompáñame a la cuna del alba; aquel manto seducido por el roce de tu cuerpo; sonríe, permíteme acunarme en los vestigios de tu felicidad, desterrando de cielo… todo destello que pretenda opacarte. Irrumpiendo, energúmena y titilante, corrompes tanto lo que puedo sentir, como aquello que, con palabras, deseo disfrazar: el desdén de tu presencia.

–Perdóname… perdóname–.

sábado, 9 de febrero de 2008

(...) Y te tuve, entre sueños...

Fecundo sensaciones sobre éstas teclas, entrelazando sentires con anécdotas. Es imposible exhumarte de lo que deseo, pues, por más que lo intento no logro hacerte menguar entre mis anhelos. Escucha cómo melodías se encargan de amoldarse al pulso de nuestra existencia, tal y como gotas de agua acompañan al alba. Luchando contra la monotonía a la que sujetas la miseria de mis líneas, describiéndote efímeros sentires, acoplo la bajeza de tus actos a aquella quimera que carcome mi razón.

Llueve. El tiempo, efigie de llanto, empieza a entrecortar tantas gotas del lluvia como segundos entre rosas, con sus hálitos puede marchitar; me pregunto, ¿serán sus hálitos el producto de mi decadencia? Ya que en un suspiro elevo cientos de pétalos, en suspiros exhorto de lo prohibido sentires que me son ajenos…sólo, en suspiros hago libérrimos mis sentidos. Prorrumpidos instantes son dedicados al candor de tus labios, a aquella efusión de pasionales roces. No oses ausentarte mucho, ni callar demasiado, pues, padecerás en la letanía a la que te condenarán estas líneas entre energúmenos placeres, tan ígneos como aquello que hace maltrecho a lo mutuo de nuestros sentimientos, distancia.

Limpia toda impureza que mis labios dejaron sobre tu piel. Obstruye la prolongación de mis recuerdos sobre el sortilegio que representa para mi, tu cuerpo, entre tantos ornamentos tan irónicos como la benevolencia que tratas de emanar, al de tu boca mentiras liberar. – ¡Únete a la traslucidez de la lluvia! –. Disfraza tus personalidades al teñirlas de algún tenue ocaso con el que has de inmacular la imponencia de tus crueles actos; vístete de mí… pues, entre tantos recuerdos, he de ser aquello que protege tu ornamentado cuerpo de la marginación del tiempo.
He aquí, el prólogo de aquellas metáforas que encierran el dolor con que levemente te plasmo la ficción de nuestro posible encuentro… entre sueños.

*********

Detallando cuán fugaz es el tiempo al pensarte, me encuentro; mientras los recuerdos parecieran ser proyecciones en mi entorno, ya que la esquizofrenia de tu ausencia ha exiliado de mi vida la sensatez. Escazas gotas del cielo descienden sin oprobio alguno, tal parece que he logrado enmendar con olvido el error que al probar tus labios he cometido por millonésima vez.

Te he conocido entre lúgubres días. Tantos segundos desperdiciados parecían ser el luto guardado por el tiempo como respeto al mortuorio deceso de aquel a quien con lágrimas se planeaba sepultar, ¿habrá muerto algún ángel? –me pregunto. Inhibo una sonrisa e inicio mi trayecto-. Me topo con innumerables conocidos; tantas sonrisas… ¡Tantas mentiras! Hace frío, mi cuerpo empieza a sucumbirse ante las fuertes brisas con las que el viento pretende marginarme. Acelero mi paso. De nuevo, tantas caras me son familiares, pero… todas mantienen con firmeza la indiferencia que ha de otorgarles dotes sociales; ¡Seres repudiables! En medio de mi afrenta, mi paso flaquea, pierdo la vehemencia que tanto caracteriza mi independencia; enceguecida, sólo logro observar, a pesar de mi obstrucción visual, un singular perfil caudal de lágrimas, pues, aquella Dama, bajo el regazo de un paraguas mantenía el baño de plata con que inmaculé tanto su cuerpo como la belleza que merodea en la fragilidad intangible de su rostro; mis ojos se vieron extasiados… a su vez, libres de todo estorbo, en los brazos de aquella mujer quedaron al percibir la delicadeza de su tacto. Mis mejillas buscaron acunarse en su protección, hasta llegar a sus hombros y extinguir allí toda pena. Entre tanto arrobo encontré paz. Pensé que mi reacción le sería inhóspita pero, continúo sonriendo y, tomadas de manos, dimos unos cuántos pasos hasta alcanzar un frondoso árbol donde nos sentamos. Convaleciente, le pregunté su nombre, en un hálito acompañado de una de sus interminables sonrisas respondió, Lenore. Suspiré y recaí nuevamente sobre su hombro, dormida bajo la humedad que transitaba en la atmosfera de aquel árbol.

– Mi querida Lenore, espero aún lo recuerdes. Ten presente ese instante como una de las tantas penas que ante ti son dignas de devoción–.

El viento, alimentaba mis delirios al juguetear sigilosamente con tu cabello; aquel hilar envuelto en indescriptibles aromas. Ante tan majestuoso momento, sólo me limité a acariciar la timidez de tu rostro, acoplando la presencia de mi tacto sobre tus labios, los que temblorosos, pronto, se verían acompañados por los míos. Tus mejillas, sonrojadas, ávidas de caricias me llamaban. Tus labios, exaltados emitían siseos entre murmullos que dictaban te quieros sobre el terso silencio, atados a deseos. ¿Fue gracias al frío tan bello instante? ¿O en realidad mía querías sentirte?

– ¿Recuerdas tus ansías, musa de mis anhelos? No ocultes aquella respuesta que atrapas en gemidos, pues, sabes que cada uno de ellos, son producto de las innumerables sensaciones que forjé aquella tarde sobre tu piel. ¡Sonríe, mi querida Lenore… sonríe!–.

Palpitantes se encontraban nuestros cuerpos, sucumbidos por la inoportuna presencia del frío. Nos abrazamos buscando en ellos aquel calor digno de pasión. Calladas permanecimos cobijándonos en el argel de nuestra timidez, esperando que alguna palabra rompiera la inercia que nos inhibía. No pude evitar acariciarte. De nuevo, mis manos se amoldaron a la perfección que se pasea sobre tu cintura. Mis labios se acunaron en tu cuello, y fue allí donde plasmé uno de mis tantos hálitos, manifestándote cómo entre silencio te amo. Tú, sólo fijaste la intensidad de tu mirar en mí, de forma tan provocativa que, en la efusión de nuestros sentidos, logré hacer de la dedicatoria de tus besos, mi mayor secreto… hasta este momento en el que confieso cuánto aún te pienso.

– ¿No padeces esta letanía, en la secuela de mi ausencia? ¡No mientas, acepta tu decadencia!

¡Regresa, mi Lenore! Regresa, sálvame de estos extraños momentos que imploran vestirse de ti, bajo el resplandor que se blasfema con las mentiras que nos marchitan, en la bajeza que profana despectivamente a la vida. ¿Cuál es el motivo de tu ausencia? ¡Confiesa! no te des la vuelta. Detalla la enerve fuerza con la que brotan mis palabras desde aquel tórrido y fúnebre ambiente en el que padecen mis recuerdos. ¿Por qué no regresas, mi querido verso? –.

De forma tan perfecta, desee conocerte; y tan majestuosamente, mía entre caricias hacerte. Duras palabras colapsaron con la intensión de mis tersos besos; pues, nada más querían estos que, acunarte en su protección, para argentar la calidez de tus labios en su regazo, como si tuyo fuese este ocaso en el que junto a ti, mis actuales anhelos han de morir.

Marchitas mis ansias con el alba que representa aquella benevolencia que yacía en tus palabras. Tal rocío, fue marginado en los lamentos de alguno de tus tantos suspiros; – ¿Por qué asciendes mientras te espero? ¡No te marches, Lenore! –.

Cientos de perspectivas de mi mente fueron despojadas, con la misma veracidad con que pretendía confesarte cuánto deseaba que aceptaras, la fragilidad que desembocaba en la metáfora de aquella paradoja de sensaciones que me dedicabas. Nuevamente, preferí soñar que desprestigiar todo aquello que siento y deseo, en tan efímero momento.

Numerosos destellos penetraban la desolada presencia de nuestros cuerpos, a pesar del espesor de aquellas ramas que comprimían, el inoportuno traslado de pétalos tan marginados que, tan sólo con ser palpados, podría percibirse cuán adustos han de sentirse; ¡Pobres seres! Hojas secas danzaban en el viento, como si se tratase de tu liviano cabello, ornamentando con aromas, la esencia de dicho entorno. Mis pupilas, titilantes, imploraban cubrirse bajo el resplandor que, impetuosamente, osaba opacar la tenue luz del sol, al ser irrumpidas por tu belleza. Estupefacta, admirando la perfección que ha trazado la silueta de tu cuerpo, en compañía de la creación de la sinfonía de tu voz, sollozante ante ti, postrada en lamentos caigo; el cetrino silencio que mora en tal sepulcro, se opone a mi consuelo al evocar de aquella gloria, que representa tu boca, gélidas palabras que ya en sueños me habían sido profesadas. – ¡No calles, mi Dama! Omite tal eco de prorrumpidos siseos, y entrégate a la simplicidad de nuestros pensares y anhelos –.

–––No logro escucharte. No logro percibirte. ¿Dónde te encuentras, mi Lenore? Pues, no comprendo cómo aquello que de ti yace atrapado en el tiempo, permanece tan absorto en lo inerte… deliberando tus delirios–––.

Tan agobiante indiferencia parecía retornar la extinción de aquella quimera, llevándonos a los suburbios de lo que se considera prohibido… pues, delineando con mi tacto senderos sobre tu cuerpo, en la inexistente realidad me pierdo; ¿Ausentarás tus caricias en mi devoción? ¿Abandonarás el caudal de mi pasión?

Escazas son mis palabras… espero, te sean gratas, mi Dama. Fecundo para ti éstas líneas desde el candor que emana la presencia de tus plácidos recuerdos, en la breve instancia con la que me regocijo al sentirte en las caricias del viento.

– Aún me deleito con la danza de tu cabello, acoplada a la inherente comparación que te hacía sumisa a ser tan elegante y bella, como candentemente brillosa es la Luna; efigie de ángel caído. Aún, entre pesares y sueños, eres mi Plectro… Musa de mis lamentos –.