domingo, 13 de julio de 2008

Fragmento de Pandora ---Ann Rice

Me viste antes de que detectara tu presencia. Llevaba puesta la capucha y dejé que mis ojos gozaran de un breve momento de gloria bajo la tenue luz del puente. Mi víctima se hallaba junto al pretil. No era más que una niña, pero estaba siendo asaltada y maltratada por un centenar de hombres. Deseaba morir en el agua. No sé si el Sena es lo bastante profundo para que alguien pueda ahogarse en él. Tan cerca de la calle St. Louis. Tan cerca de Notre Dame. Quizá lo sea, si uno puede resistirse a un último esfuerzo por aferrarse a la vida.

Pero yo sentí que el alma de esta víctima semejaba un montón de cenizas, como si su espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara su cuerpo, un cascarón roto, enfermo. La
rodeé con un brazo, y cuando vi reflejarse el miedo en sus ojillos negros, cuando comprendí que iba a hacerme la pregunta, la envolví con imágenes. El hollín que cubría mi piel no logró impedir que yo pareciera la Virgen María, y ella sucumbió a los himnos y a su devoción, incluso vio mis velos en los colores que había visto en las iglesias de su infancia, al tiempo que se doblegaba ante mí, y yo —sabiendo que no necesitaba beber, pero ansiando beber su sangre, ansiando saborear la angustia que emanaría en sus momentos postreros, ansiando degustar el exquisito líquido rojo que llenaría mi boca y haría que me sintiera humana por un instante en mi monstruosidad— cedí a sus visiones, le doblé el cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces, en el instante en que clavé mis dientes en ella, en que bebí su sangre, cuando me di cuenta de que estabas ahí, observando.

Lo supe, y lo sentí, y vi la imagen de nosotras en tus ojos, lo cual me distrajo momentáneamente mientras experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba viva, conectada de alguna forma a los campos de tréboles o a los árboles que hunden en la tierra unas raíces más largas que las ramas que se alzan hacia el firmamento.

Al principio te odié. Me viste mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima. Me viste cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena. Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.

Porque ella deseaba vivir. Envuelta en santos, soñando de golpe con pechos que la amamantaban, su joven cuerpo se debatió, revolviéndose contra mí, contra mi forma dura como una estatua, mis pezones sin leche incrustados en mármol, sin poder ofrecerle consuelo. Deja que vea a su madre, muerta, desaparecida y aguardándola. Deja que yo vea a través de sus ojos moribundos la luz mediante la cual ella se dirigió hacia esta incierta salvación.

Entonces me olvidé de ti. No estaba dispuesta a dejar que me robaras este instante. Empecé a beber más despacio, dejando que ella suspirara, que sus pulmones se llenaran con fría agua del río, al tiempo que su madre se aproximaba cada vez más, de forma que la muerte se convirtió para ella en un lugar tan seguro como el útero materno. Le chupé hasta la última gota de sangre.

Sostuve su cuerpo inerte como si lo hubiera rescatado, como si hubiera ayudado a una joven borracha, débil y enferma a bajar del puente. Introduje la mano dentro de su cuerpo, destrozando su carne con gran facilidad pese a tener los dedos tan finos, le agarré el corazón, lo acerqué a mis labios y lo succioné, con la cabeza sepultada junto a su rostro, lo succioné como si fuera una fruta, hasta no dejar una gota de sangre en ninguna fibra ni ventrículo. Y entonces, lentamente —tal vez en un gesto dirigido a ti—la levanté y la arrojé al agua que tanto había ansiado.

Ella ya no lucharía mientras sus pulmones se llenaban de agua del río. Ya no se debatiría desesperadamente en el agua. Le chupé el corazón por última vez, hasta arrancarle incluso el color, y lo arrojé tras su cadáver —como unas uvas estrujadas—, pobre niña, hija de un centenar de hombres.

1 comentario:

Matias dijo...

Pues como siempre me dejas sin palabras al leer tan hermosas lineas, cargadas de emosiones, sentimiento, anhelos, tentaciones y deseos. Espero que estes bien pues hace tiempo que no se nada de ti y eso me preocupa un poco, ya no hablas, solo callas.
Mi anhelo es volver a intercambiar lineas contigo muy prpnto ^^
Bien, me despido, que el manto oscuro te proteja y el viento frio guie tus pasos ^^