lunes, 5 de mayo de 2008

Ladrona y Asesina

Para mirarte por dentro y entender tus movimientos, para dejarte un poco de mí, para que te recuerde, para que me olvides pero no completamente...

Te dormiré de un golpe en la nuca, abriré tu cuerpo y te sacaré el corazón, le inyectaré una jeringa llena de mi sangre...

Te sacaré los ojos y los pondré en lugar de los míos, sacaré tu cerebro y plasmaré tus pensamientos en mi cabeza, robaré tu alma y la tragaré...

Quitaré el olor de mi cuerpo y te bañaré en él, grabaré con cincel en tu pecho el dulce dolor que siento a veces...cuando te veo...

Me arrancaré la lengua y te saborearé completo, abriré mi pecho y lo vaciaré en ti, un poco en tu cerebro, un poco en tu corazón...

Devolveré lo tuyo y te entregaré lo mío, te acariciaré las manos, los brazos, tomaré tu cabeza y la acogeré, te meceré como si fueras un niño, me acercaré a tu rostro y robaré tu aliento, acercaré tu oído a mi centro y me dejaré caer sobre ti...

Te acariciaré, acariciaré tu pelo y te despertaré con un dulce beso...Y cuando abras tus ojos me habré ido.
Entendiéndote. Rompiéndome.

Y cuando abras tus ojos me habré convertido en ladrona y asesina, te habré robado y me habré matado. Y tú, no sabrás nunca que por tus venas corre un poco de mi sangre.
Y ya no tendrás claustrofobia.
Sólo sentirás un ligero dolor en la nuca y el extraño recuerdo de un rostro pálido como la luna.


Texto escrito por Alfonsina
http://cicutaomaleza.blogspot.com/

domingo, 27 de abril de 2008

Dia 326

Aún las palabras son emitidas sin fuerza; cuándo podré percibirte de nuevo mientras evoco el veredicto abstracto de nuestras proezas, al besar vendavales elocuentes de deseos en los que, se manifiesta cautiva, la esencia libidinosa de tus labios. Letargo de enerves presencias, murmulla entre ausencias el etéreo sentir que te estremece sumida en quimeras y esquizofrénicos momentos tan desatinantes como funestos; justo ahora profetizo la simplicidad de estos versos al cauterizar las heridas del tiempo, sobre aquel lienzo de lagrimas y chasquidos de turbios encantos que envuelven lo que ha de llamarse, vida… continúo consagrando el sacrilegio de mis días.

La lluvia, parece ser sólo la efigie de sarcásticos recuerdos; pero, permanezco inherente a dicha flagelación constante en el pensamiento. Atiborrabas mi cuerpo de besos; arrancabas de mi piel aromas ajenos, dejados por el confort emanado por seres ajenos a la imperfección de éste; vislumbrabas miradas llenas de quejidos en el ofuscado brillo de mis ojos, me pregunté una y otra vez: ¿placer o dolor?, ahora, solo indagaba entre los senderos sinuosos que me obligaban a recorrerte entera, haciéndote mi pesquisa obsesiva.

Sigues siendo la ferviente que ornamenta la escasez de mis líneas, ¿Por qué? -¡Ja!-, no hago más que tomar trozos de algún argén para tallar en él unas cuantas anécdotas, mientras converso con la inexistencia de relevantes palabras previamente dedicadas.

Tenues destellos sumían fragancias tangibles, no tolerábamos un segundo más de abstinencia. Te posaste sobre mí; entre fallecidas lascivias verbales socavábamos caricias, tu cuerpo empezaba a bañarme con su pudor mientras vestía la desnudez que habías dejado en él; saboreabas el rocío que desembocaba sobre mi vientre; recitabas sobre cada poro tus más perversos anhelos, erizando mi piel, ¡cuán extasiada!, mi cuerpo se sucumbía; la vibración de nuestros labios resonaba en aquel vacío estridente, al unísono del silencio cóncavo de gemidos muertos en la lejanía.

Con tu mano izquierda, acariciabas mi rostro acallando mis trémulos sentidos, adentrándote en el espesor casi impenetrable de mis pupilas, musitándome –eres mía-.

De pronto, congelando esa instancia en otra perspectiva de la inconsciencia, mis tejidos lozanos, se funden sobre el candor que te envuelve... , asfixiando tus gemidos con pecados ardientes, exhumados de los recovecos de la existencia. Tu mano derecha logró liberarse de mis vertiginosas entrañas, minuciosa explora cada sensación que exhortas en mi tez, mientras a mordiscos desgajas mi orgullo en el miasma de orgásmicos gemidos que se consumen en su agónica represión.

- Así recuerdo sentirte. Así la brevedad de éste relato, crea estragos en las voces que a menudo, como te lo he comentado, me orientan-.

--¿Era esto lo que deseabas? ---Dices sonriente y exaltada.

Te observo, me detallas totalmente exacerbada. Bruscamente, estrujo la sensualidad de tus pechos con la calidez que merodea en mi boca. Gritas. Te estremeces.

No escuché voces, solo tus suspiros y el arrobo que impregnaba de humedad aquellos carmesíes tersos.

- Han pasado 326 días, durante centenares de noches las estrellas han tratado de rasgar la pureza del cielo, buscándote-.

326 días, mi cama esparce tu aroma en toda mi habitación; empiezo a alucinar. Esta noche, duermo. Encarno de nuevo, otro recuerdo de lo que, me gustaría, fuese cierto: renaces, realizas un recorrido ascendente con tus manos desde los indicios de mi abdomen, seguido de aquel hálito que trasmuta mi inercia al empañar tus rastros; alcanzas mis senos, los atrapas. Creas un lenguaje que sólo entienden las extremidades exaltadas de mi cuerpo aún danzante en medio del ritmo fugaz de tu voz; ¿en realidad eres dicha melodía? ¡Que sublime!

Empapada de sudor, despierto agitada. Miro a mi alrededor, no te encuentro. Desconcertada destajo algunas sonrisas plagadas de mentiras que osan decirme que, jamás has sido mía. Tan profanado entorno empieza a adornarse con lúgubres percepciones, que al igual que todas, añoran ser el vociferante de tu nombre.

- ¿Cuántas lunas he pasado esperándote?- ahora, conversaré con aquel desacuerdo perenne sobre el silencio. Sólo una canción se acopla a esto, mientras en mi soledad… grito que sin ti padezco.

Repito. 326 días. Centenares noches. Espasmos que corrompen aquel letargo que ocultas tras constantes reproches.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Relegada de ti.


Como huellas en la arena, se desvanecen en ti las anécdotas, como retratos de infamias, permanecerán, tal vez en ti, estas palabras; sin embargo, ineludiblemente, trato de buscar de nuevo fuerza, en cada respiro y palabra, en cada susurro y en calma, como si delimitase veraces instancias, en el umbral sobre el que te pedí, en sueños, ser la portadora de aquellos sentires en los que absorta permanezco cuando te pienso.

La nostalgia desgarra mi tez, lagrimas corroen la marginación de mi oprobio; pues, cruentamente, postrada ante ti me encuentro, gritándole al silencio que en su abstinencia jamás te enajene, para así inherente a la verdad de mis palabras… tenerte, atiborrándote del cariño que reboza de mis impunes brazos; despojos ornamentados de sublimes encantos. Permito que los flagelos del viento desgajen mi cuerpo; mientras, voces en la lejanía susurran entre ecos, que te pierdo. Tan efímera como forzadas sonrisas, han de tornarse aquellas instancias que carcomen el tiempo, al hacerlo cada vez mas etéreo y maltrecho; -¡No te sumerjas en el vacio de tu desconcierto! ¡Cree en mí, mi querido pétalo!-.

Prorrumpidos vendavales tienen la dicha de tu piel acariciar, ¿podré al igual que ellos, susurrar sobre cada poro de tu ser, lo que siento? ¡Rompe la inercia de tus labios! ¡Confiesa lo que callas!

-¿Debo llorar para que entiendas que todo ha sido real?- Contemplo tu recuerdo en la calidez de cada soplo, bajo el rocío de la perfección del alba que te marchita, al exiliar de tu vida los arrobos que te aclaman entre carmesíes tersos, entre fraguas y desvelos.

Tragedias agridulces e indecisas son las protagonistas de nuestras tretas. Toda frase inhóspita se torna ante la bajeza de esta afrenta caudal de líneas; ¡Tan sublimes!... ¡Tan viles!; ¡Tan puras!... ¡Tan indescifrables!
Conversaré con letargos. Me arrullaré en el regazo del suplicio. Le cantaré a la faena de tu indiferencia, aquella prosa que tarareas con ironía. Continuaré siendo, anhelante masoquista.

Nítida en mi mente te encuentras, como si tu rostro estuviese dibujado sobre el lienzo del tiempo, como si tu sinuosa silueta fuese la desembocadura de éstas letras, como si tus ojos fuesen alguna espesa gama de estrellas perdidas en la incertidumbre de su reproche. Eterna y titilante; inmaculada… argentada. ¡Resplandece, mientras crees!

Temerosa de perderme en el sendero de tus labios, recorro las distancias del tiempo, forjando nuevos confines presididos por albores de miedos, impregnados de incesantes sentimientos que mueren al ser ciertos… acoplándose al fervor cautivo en algún horizonte sin retorno.

Anhelante o furtiva. Soñadora o noctívaga. ¿Qué podré ser? Relegada de mi devoción... relegada de ti.


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Padeciendo la letania de quien solia ser la musa de mis lineas, me encuentro. Mis creaciones literarias han perdido su fuerza; ahora, enteramente simples, son. Empiezan a extinguirse las palabras, en mi son ineludiblemente escazas. ¿Cuando piensas devolverme aquella inmensa gama de metaforicas connotaciones? ¿Cuando las traeras con el brillo del impetu que caracteriza tu presencia?

Flagelada en tu ausencia, tratando de divisarte entre las estrellas...

Espero plasmar, de nuevo, lineas verosimiles y vehementes... tratando de relegar la secuela que ha dejado en mi, su ausencia. Hasta pronto... ^.^.

martes, 18 de marzo de 2008

Rolf Carlé. --Un poco de Isabel Allende--

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también éste que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vistas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

Cuéntame un cuento -te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.



Rolf Carlé.

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Con este texto comienza "Cuentos de Eva Luna". A pesar de que aun no he leido dicho libro, tal fragmento me ha encantado. Enteramente cautivador.
^^

domingo, 2 de marzo de 2008

Como tizones. (perdoname 2da parte)

Mis labios no han parado de temblar desde que me dedicaste cada minuciosa gota de tu indiferencia. Mi aliento, gélido, empaña al viento de lamentos, ¡Consérvalos! Mis brazos padecen entre los flagelos de tu ausencia. ¡Necesito acunarme en ti! ¡Déjame vivir! Regálame frases beneplácitas para cesar la impaciencia que carcome mi calma.

¡Abrázame! Funde tu cuerpo sobre el fervor que hace latir por ti, la sinuosa pesquisa de mi corazón, ¿dónde estás? ¡Contesta! Entre el desdén creado por el oprobio de mi engaño, miro al cielo y solo diviso en él, el ocaso de nuestros labios; ¿serán míos cuando logre decirte cuánto te amo? Extingue mis lágrimas, regresa… ¡Regresa!

Esta noche el viento relata nuestra historia, espero que sus palabras logren palparte, pues, son caricias que mis manos, trémulas, desean sobre tu piel esparcir. Confitemos nuestros sentidos, extasíame con tu voz… canta, ¡Canta! Haz del viento algún vestigio esbozado con lástima. Atiborremos nuestros cuerpos con besos; seamos la faena incipiente del fuego, ¡cuán fragua de deseos! Mientras acoplamos cada recoveco… cada sendero, plagado de calidez, sobre aquel vendaval alocado de sueños: tu piel, la fragilidad que argenta la belleza de una rosa, al pedirte que te inmacules de tal forma en mi memoria.

Como tizones ante las brasas ardientes del averno, ¡unamos nuestros cuerpos! Perdóname. ¿Por qué te cuesta tanto, otorgarme el candor que purifica tus manos? Eres la necesidad de mi tacto; aquella Deidad, que hace de mis líneas cuán libérrimo hálito de seres exhumados de su propia quimera entre encantos. Permíteme escuchar las cantatas que emites, mientras mientes al decir que eres impasible; tan sólo, corresponde este tórrido y desvergonzado quejido, que implora de nuevo vestirse del albor de tu sonrisa, al ornamentar el sigilo… con la danza de tus pasos.

-Como tizones, convirtámonos en el demencial sortilegio disfrazado de fuego. Perdona el desasosiego de mi sentir, renace en aquel Edén fecundado entre palabras, que visten la bondad de tu mirada. Renace, mi Dama…-.
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No entiendo por qué mis palabras son tan escazas; me es casi imposible dedicar vagamente la brevedad de mis líneas. Más, me limito a decirte, entre esta ebriedad emocional que, muero por estrujarte entre mis brazos; confesarte cómo en silencio, me entrego al castigo de tu enerve presencia… sólo mediante sueños. Extasiada de anhelos, empiezo a nadar entre la espesa gama de estrellas que mis ojos fecundaron sobre el cielo para ti, tratando de encontrarte entre sus fugaces instancias, a la vez tan perennes y lejanas, tan abstractas como entornadas… tan sumisas, tan viles.

Permíteme ahogar mis besos en tus suspiros, colar mis labios entre el sigilo de tu voz; mientras hago de tu cuerpo el caudal de mi cariño. Siénteme. Percibe éstos noctívagos lamentos, vibrantes e insoslayables. Dormitante, leeré el verso de tu cuerpo, aquella fragua plagada de ignominiosas fantasías frente al que se deleite con el frenesí que sucumbe cada recoveco cautivo en el tiempo.

domingo, 24 de febrero de 2008

Perdoname... perdoname.

Analizando anécdotas como si se tratase de imágenes impresas con sentimiento, te pienso. Observo tus sonrisas, mientras acaricio tus mejillas tan sólo con percibir cómo llora el mundo, entre aquellos suplicios exhumados de seres exánimes, ¿Dónde estás, mi Dama? Escucha los siseos que mi todo grita por ti; me pregunto, ¿Cómo podría encontrar redención, del error que cometió el egoísmo de mi corazón?

Posa tu mano sobre mí, ¡Siente la fragilidad con la que me mantengo con vida! ¡Ven! Otórgame la brevedad de algunos instantes, sé que es tarde para postrarme en la ilustración que representan mis líneas para ser perdonada, pero… mi sentidos no conocen el tiempo, sólo padecen bajo el regazo de cientos de letanías cantadas por el letargo de tu ausencia. ¡Regresa! Recae de nuevo, sobre el regazo de mis brazos, permíteme articular el caudal de tu llanto, pues, he de ser el sendero delimitado por tus suspiros, ya que entre palabras… entre efímeros centímetros, trato de aproximarme a ti, con el propósito de agasajar lo que parece extenuarse entre la distancia, y las pésimas decisiones tomadas. ¡Perdóname!

Imposible de aceptar es el hecho de no saber de ti; ¿Cómo estás? ¿Qué disfraza la elocuencia de tus palabras? Por ello, me limito a, de forme leve y breve, tener la osadía de hacer estas letras cuán destajo de sentires tersos. Confieso que me arrepiento; más, no fui capas de hacerlo a tiempo; ¿Por qué te cuesta tanto entender, mi querido pétalo? –Una ráfaga de viento irrumpe nuestra inercia–, ¿Eh? ¿Escuchas lo que nos dice el silencio?

Mis músculos se tensionan. Empiezo a respirar con tanto ímpetu que mis brazos optan por desafiar el revoloteo de los pájaros, al buscar de forma poco usual, el calor con que vistes la perfección de tu ser.

“Mis trémulos dedos, mientras trascendentales instantes desgajan la veracidad del tiempo, no hacen más que buscar confort sobre éstas gélidas teclas, con las que mi tacto no crea frases sin que hallan sido dedicadas previamente a ti, en presencia de todo encanto que ose frecuentar la belleza de tu tez”.

Permíteme expandir los horizontes de tus te quiero. Entre mis palabras empiezan a desencadenarse, metáforas de lascivias pasadas, pues, ¿Podría algo con mayor deseo para alguien plasmar? Escucha los esbozos de tus gestos, quienes padecen en su propia ironía.

–Shh. Shh–. ¡Siénteme! ¡Perdona lo ineludible! –.

Huyes. Tal comportamiento no me extraña; más, sin otra opción, te busco. Son tus pasos, heridas; tus suspiros, hilos argentados de recuerdos, ¡Instantes perfectos!

…Es tarde. Es tarde para en suplicas mi voz desgajar. Perenne es el agobio que carcome cada recoveco eclipsado bajo el brillo de tu rechazo, ¿No ves como extingues los despojos de mi cuerpo? – ¡No me mates! No tu, portadora de estos versos–.

Sujeta mi mano. Acompáñame a la cuna del alba; aquel manto seducido por el roce de tu cuerpo; sonríe, permíteme acunarme en los vestigios de tu felicidad, desterrando de cielo… todo destello que pretenda opacarte. Irrumpiendo, energúmena y titilante, corrompes tanto lo que puedo sentir, como aquello que, con palabras, deseo disfrazar: el desdén de tu presencia.

–Perdóname… perdóname–.

sábado, 9 de febrero de 2008

(...) Y te tuve, entre sueños...

Fecundo sensaciones sobre éstas teclas, entrelazando sentires con anécdotas. Es imposible exhumarte de lo que deseo, pues, por más que lo intento no logro hacerte menguar entre mis anhelos. Escucha cómo melodías se encargan de amoldarse al pulso de nuestra existencia, tal y como gotas de agua acompañan al alba. Luchando contra la monotonía a la que sujetas la miseria de mis líneas, describiéndote efímeros sentires, acoplo la bajeza de tus actos a aquella quimera que carcome mi razón.

Llueve. El tiempo, efigie de llanto, empieza a entrecortar tantas gotas del lluvia como segundos entre rosas, con sus hálitos puede marchitar; me pregunto, ¿serán sus hálitos el producto de mi decadencia? Ya que en un suspiro elevo cientos de pétalos, en suspiros exhorto de lo prohibido sentires que me son ajenos…sólo, en suspiros hago libérrimos mis sentidos. Prorrumpidos instantes son dedicados al candor de tus labios, a aquella efusión de pasionales roces. No oses ausentarte mucho, ni callar demasiado, pues, padecerás en la letanía a la que te condenarán estas líneas entre energúmenos placeres, tan ígneos como aquello que hace maltrecho a lo mutuo de nuestros sentimientos, distancia.

Limpia toda impureza que mis labios dejaron sobre tu piel. Obstruye la prolongación de mis recuerdos sobre el sortilegio que representa para mi, tu cuerpo, entre tantos ornamentos tan irónicos como la benevolencia que tratas de emanar, al de tu boca mentiras liberar. – ¡Únete a la traslucidez de la lluvia! –. Disfraza tus personalidades al teñirlas de algún tenue ocaso con el que has de inmacular la imponencia de tus crueles actos; vístete de mí… pues, entre tantos recuerdos, he de ser aquello que protege tu ornamentado cuerpo de la marginación del tiempo.
He aquí, el prólogo de aquellas metáforas que encierran el dolor con que levemente te plasmo la ficción de nuestro posible encuentro… entre sueños.

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Detallando cuán fugaz es el tiempo al pensarte, me encuentro; mientras los recuerdos parecieran ser proyecciones en mi entorno, ya que la esquizofrenia de tu ausencia ha exiliado de mi vida la sensatez. Escazas gotas del cielo descienden sin oprobio alguno, tal parece que he logrado enmendar con olvido el error que al probar tus labios he cometido por millonésima vez.

Te he conocido entre lúgubres días. Tantos segundos desperdiciados parecían ser el luto guardado por el tiempo como respeto al mortuorio deceso de aquel a quien con lágrimas se planeaba sepultar, ¿habrá muerto algún ángel? –me pregunto. Inhibo una sonrisa e inicio mi trayecto-. Me topo con innumerables conocidos; tantas sonrisas… ¡Tantas mentiras! Hace frío, mi cuerpo empieza a sucumbirse ante las fuertes brisas con las que el viento pretende marginarme. Acelero mi paso. De nuevo, tantas caras me son familiares, pero… todas mantienen con firmeza la indiferencia que ha de otorgarles dotes sociales; ¡Seres repudiables! En medio de mi afrenta, mi paso flaquea, pierdo la vehemencia que tanto caracteriza mi independencia; enceguecida, sólo logro observar, a pesar de mi obstrucción visual, un singular perfil caudal de lágrimas, pues, aquella Dama, bajo el regazo de un paraguas mantenía el baño de plata con que inmaculé tanto su cuerpo como la belleza que merodea en la fragilidad intangible de su rostro; mis ojos se vieron extasiados… a su vez, libres de todo estorbo, en los brazos de aquella mujer quedaron al percibir la delicadeza de su tacto. Mis mejillas buscaron acunarse en su protección, hasta llegar a sus hombros y extinguir allí toda pena. Entre tanto arrobo encontré paz. Pensé que mi reacción le sería inhóspita pero, continúo sonriendo y, tomadas de manos, dimos unos cuántos pasos hasta alcanzar un frondoso árbol donde nos sentamos. Convaleciente, le pregunté su nombre, en un hálito acompañado de una de sus interminables sonrisas respondió, Lenore. Suspiré y recaí nuevamente sobre su hombro, dormida bajo la humedad que transitaba en la atmosfera de aquel árbol.

– Mi querida Lenore, espero aún lo recuerdes. Ten presente ese instante como una de las tantas penas que ante ti son dignas de devoción–.

El viento, alimentaba mis delirios al juguetear sigilosamente con tu cabello; aquel hilar envuelto en indescriptibles aromas. Ante tan majestuoso momento, sólo me limité a acariciar la timidez de tu rostro, acoplando la presencia de mi tacto sobre tus labios, los que temblorosos, pronto, se verían acompañados por los míos. Tus mejillas, sonrojadas, ávidas de caricias me llamaban. Tus labios, exaltados emitían siseos entre murmullos que dictaban te quieros sobre el terso silencio, atados a deseos. ¿Fue gracias al frío tan bello instante? ¿O en realidad mía querías sentirte?

– ¿Recuerdas tus ansías, musa de mis anhelos? No ocultes aquella respuesta que atrapas en gemidos, pues, sabes que cada uno de ellos, son producto de las innumerables sensaciones que forjé aquella tarde sobre tu piel. ¡Sonríe, mi querida Lenore… sonríe!–.

Palpitantes se encontraban nuestros cuerpos, sucumbidos por la inoportuna presencia del frío. Nos abrazamos buscando en ellos aquel calor digno de pasión. Calladas permanecimos cobijándonos en el argel de nuestra timidez, esperando que alguna palabra rompiera la inercia que nos inhibía. No pude evitar acariciarte. De nuevo, mis manos se amoldaron a la perfección que se pasea sobre tu cintura. Mis labios se acunaron en tu cuello, y fue allí donde plasmé uno de mis tantos hálitos, manifestándote cómo entre silencio te amo. Tú, sólo fijaste la intensidad de tu mirar en mí, de forma tan provocativa que, en la efusión de nuestros sentidos, logré hacer de la dedicatoria de tus besos, mi mayor secreto… hasta este momento en el que confieso cuánto aún te pienso.

– ¿No padeces esta letanía, en la secuela de mi ausencia? ¡No mientas, acepta tu decadencia!

¡Regresa, mi Lenore! Regresa, sálvame de estos extraños momentos que imploran vestirse de ti, bajo el resplandor que se blasfema con las mentiras que nos marchitan, en la bajeza que profana despectivamente a la vida. ¿Cuál es el motivo de tu ausencia? ¡Confiesa! no te des la vuelta. Detalla la enerve fuerza con la que brotan mis palabras desde aquel tórrido y fúnebre ambiente en el que padecen mis recuerdos. ¿Por qué no regresas, mi querido verso? –.

De forma tan perfecta, desee conocerte; y tan majestuosamente, mía entre caricias hacerte. Duras palabras colapsaron con la intensión de mis tersos besos; pues, nada más querían estos que, acunarte en su protección, para argentar la calidez de tus labios en su regazo, como si tuyo fuese este ocaso en el que junto a ti, mis actuales anhelos han de morir.

Marchitas mis ansias con el alba que representa aquella benevolencia que yacía en tus palabras. Tal rocío, fue marginado en los lamentos de alguno de tus tantos suspiros; – ¿Por qué asciendes mientras te espero? ¡No te marches, Lenore! –.

Cientos de perspectivas de mi mente fueron despojadas, con la misma veracidad con que pretendía confesarte cuánto deseaba que aceptaras, la fragilidad que desembocaba en la metáfora de aquella paradoja de sensaciones que me dedicabas. Nuevamente, preferí soñar que desprestigiar todo aquello que siento y deseo, en tan efímero momento.

Numerosos destellos penetraban la desolada presencia de nuestros cuerpos, a pesar del espesor de aquellas ramas que comprimían, el inoportuno traslado de pétalos tan marginados que, tan sólo con ser palpados, podría percibirse cuán adustos han de sentirse; ¡Pobres seres! Hojas secas danzaban en el viento, como si se tratase de tu liviano cabello, ornamentando con aromas, la esencia de dicho entorno. Mis pupilas, titilantes, imploraban cubrirse bajo el resplandor que, impetuosamente, osaba opacar la tenue luz del sol, al ser irrumpidas por tu belleza. Estupefacta, admirando la perfección que ha trazado la silueta de tu cuerpo, en compañía de la creación de la sinfonía de tu voz, sollozante ante ti, postrada en lamentos caigo; el cetrino silencio que mora en tal sepulcro, se opone a mi consuelo al evocar de aquella gloria, que representa tu boca, gélidas palabras que ya en sueños me habían sido profesadas. – ¡No calles, mi Dama! Omite tal eco de prorrumpidos siseos, y entrégate a la simplicidad de nuestros pensares y anhelos –.

–––No logro escucharte. No logro percibirte. ¿Dónde te encuentras, mi Lenore? Pues, no comprendo cómo aquello que de ti yace atrapado en el tiempo, permanece tan absorto en lo inerte… deliberando tus delirios–––.

Tan agobiante indiferencia parecía retornar la extinción de aquella quimera, llevándonos a los suburbios de lo que se considera prohibido… pues, delineando con mi tacto senderos sobre tu cuerpo, en la inexistente realidad me pierdo; ¿Ausentarás tus caricias en mi devoción? ¿Abandonarás el caudal de mi pasión?

Escazas son mis palabras… espero, te sean gratas, mi Dama. Fecundo para ti éstas líneas desde el candor que emana la presencia de tus plácidos recuerdos, en la breve instancia con la que me regocijo al sentirte en las caricias del viento.

– Aún me deleito con la danza de tu cabello, acoplada a la inherente comparación que te hacía sumisa a ser tan elegante y bella, como candentemente brillosa es la Luna; efigie de ángel caído. Aún, entre pesares y sueños, eres mi Plectro… Musa de mis lamentos –.