martes, 30 de septiembre de 2008

Aquella noche...





Aquella noche, permití que mi cigarrillo, jamás ausente, se consumiese entre su propia abstinencia; creando suspiros, -¡faena de sentidos!- Y observando el estallido de tus labios sobre mi cuerpo extasiado, fui sumisa ante el candor de amenas sabanas, fui depredada por el holocausto de tus palabras, mientras el paroxismo de mi mirada, vislumbraba tu tez erizada en el sollozo que te carcome al estar en calma. ¿Percibes mis manos acallando tus trémulos senos?

Orgiástica parece ser dicha instancia, pues, nuestro testigo con parsimonia permanece frente a nuestras efusiones. Testigo de mis deseos carnales, y la hoz de tus instintos pasionales. Tomaste mis manos hasta posarlas sobre cada extremidad cautiva de la adicción de mis besos, mientras socavaba tu insospechable desesperación mediante roces destajadores. Tu piel se abría con la misma fluidez con que martirizabas la cicatriz de tus desaciertos corporales, al exiliar de entre tus piernas la tensión que frente a mí, te reprimía.

– ¡Estrújame! -, decías.
– No tengas tanta prisa, aún nuestros labios no se han desgastado ni nuestras lenguas insípidas se muestran. Apenas empiezo a forjar mis caminos sobre la cuna de tu piel… espera…

El sonido de tu excitación enviaba vibratos sórdidos en la sombra que se formaba entre el atisbo de nuestros cuerpos. Tierna, desprotegida… hermosa, de esa forma te contemplaba, mientras rasgabas mi espalda, exigiéndome a través de gemidos, que sosegara el nerviosismo de tu voz… -bésame. Haz de mi boca algún despojo insignificante de la tuya-.

- ¿Qué esperas? Siento mis poros desinhibir fluidos que poco a poco, caerán sobre el vaivén afrodisiaco de tu ser. –musitas. Ahora, te pido que hagas de mis sofocadas peticiones el prolijo de tus actos; consume mi cuerpo, como si fuésemos tizones entrelazados frente al averno.

Aprisionaba tus senos entre mis manos, buscaba el brillo de tus ojos para dedicarte en silencio la sonata de mis pasiones. Tu lengua buscaba mi cuello; tus dientes, mis labios; y tus manos, los vestigios más recónditos y casi solubles de mi cuerpo. Teñíamos de aromas los almohadones, mientras arraigábamos en ellos nuestra esencia. ¡Gritabas! ¡Sonreías!

“No conocía piel mas dulce que la suya, no encontraba fragua como la de sus brazos ardientes, ni calor como el de sus pechos, jamás había probado del vino de sus carnosos labios. Sintiéndola sólo mía, recordaba alguna frase lejana que decía – el amor no es sino la necesidad de sentirse con otro-, y es cuando al verte atiborrándome de caricias, entregándote a la clemencia de mis intensiones, rompo el ritmo de aquella danza”.

Ahora, complazco al estallido de tu voz, estrujándote entre las garras que penetran la pureza que te envolvía. Inmóvil permanecías, te inquietabas entre el suplicio de tus orgásmicas vociferaciones. Tu pulso se intensificaba, y yo alimentaba mis tendencias con tus convalecencias.

¡Daj! –asentías con dificultad.


---------------------------------------------------------------------------
He aqui, despues de algun tiempo una breve historia inconclusa y plagada de errores. Un poco vieja; mas, osare compartirla con todo aquel que guste pasearse curioso y empedernido sobre estos espacios delimitados por palabras.

Besos..

^^

domingo, 13 de julio de 2008

Fragmento de Pandora ---Ann Rice

Me viste antes de que detectara tu presencia. Llevaba puesta la capucha y dejé que mis ojos gozaran de un breve momento de gloria bajo la tenue luz del puente. Mi víctima se hallaba junto al pretil. No era más que una niña, pero estaba siendo asaltada y maltratada por un centenar de hombres. Deseaba morir en el agua. No sé si el Sena es lo bastante profundo para que alguien pueda ahogarse en él. Tan cerca de la calle St. Louis. Tan cerca de Notre Dame. Quizá lo sea, si uno puede resistirse a un último esfuerzo por aferrarse a la vida.

Pero yo sentí que el alma de esta víctima semejaba un montón de cenizas, como si su espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara su cuerpo, un cascarón roto, enfermo. La
rodeé con un brazo, y cuando vi reflejarse el miedo en sus ojillos negros, cuando comprendí que iba a hacerme la pregunta, la envolví con imágenes. El hollín que cubría mi piel no logró impedir que yo pareciera la Virgen María, y ella sucumbió a los himnos y a su devoción, incluso vio mis velos en los colores que había visto en las iglesias de su infancia, al tiempo que se doblegaba ante mí, y yo —sabiendo que no necesitaba beber, pero ansiando beber su sangre, ansiando saborear la angustia que emanaría en sus momentos postreros, ansiando degustar el exquisito líquido rojo que llenaría mi boca y haría que me sintiera humana por un instante en mi monstruosidad— cedí a sus visiones, le doblé el cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces, en el instante en que clavé mis dientes en ella, en que bebí su sangre, cuando me di cuenta de que estabas ahí, observando.

Lo supe, y lo sentí, y vi la imagen de nosotras en tus ojos, lo cual me distrajo momentáneamente mientras experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba viva, conectada de alguna forma a los campos de tréboles o a los árboles que hunden en la tierra unas raíces más largas que las ramas que se alzan hacia el firmamento.

Al principio te odié. Me viste mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima. Me viste cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena. Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.

Porque ella deseaba vivir. Envuelta en santos, soñando de golpe con pechos que la amamantaban, su joven cuerpo se debatió, revolviéndose contra mí, contra mi forma dura como una estatua, mis pezones sin leche incrustados en mármol, sin poder ofrecerle consuelo. Deja que vea a su madre, muerta, desaparecida y aguardándola. Deja que yo vea a través de sus ojos moribundos la luz mediante la cual ella se dirigió hacia esta incierta salvación.

Entonces me olvidé de ti. No estaba dispuesta a dejar que me robaras este instante. Empecé a beber más despacio, dejando que ella suspirara, que sus pulmones se llenaran con fría agua del río, al tiempo que su madre se aproximaba cada vez más, de forma que la muerte se convirtió para ella en un lugar tan seguro como el útero materno. Le chupé hasta la última gota de sangre.

Sostuve su cuerpo inerte como si lo hubiera rescatado, como si hubiera ayudado a una joven borracha, débil y enferma a bajar del puente. Introduje la mano dentro de su cuerpo, destrozando su carne con gran facilidad pese a tener los dedos tan finos, le agarré el corazón, lo acerqué a mis labios y lo succioné, con la cabeza sepultada junto a su rostro, lo succioné como si fuera una fruta, hasta no dejar una gota de sangre en ninguna fibra ni ventrículo. Y entonces, lentamente —tal vez en un gesto dirigido a ti—la levanté y la arrojé al agua que tanto había ansiado.

Ella ya no lucharía mientras sus pulmones se llenaban de agua del río. Ya no se debatiría desesperadamente en el agua. Le chupé el corazón por última vez, hasta arrancarle incluso el color, y lo arrojé tras su cadáver —como unas uvas estrujadas—, pobre niña, hija de un centenar de hombres.

Ahora, un poco de Pandora -------- Ann Rice

—No me dejes —suplicó el muchacho—. Esta noche no.

—De acuerdo —contesté. Lo conduje a mi camarote y cerré la puerta, tras despedirme con un educado gesto de Jacob, quien nos observaba con el celo de un guardián.

—¿Qué quieres?—pregunté.

El joven me miró y meneó la cabeza. Alzó las manos en un gesto de desesperación. Luego se volvió, me estrechó entre sus brazos y me besó. Nos besamos con frenesí.

Me quitó la camisa y nos tendimos sobre el camastro. Pese a su rostro infantil, era todo un hombre.

Y cuando llegó el momento de éxtasis, lo que ocurrió muy pronto, dada la tremenda energía del joven, noté el sabor a sangre. Me había convertido en el vampiro del sueño. Mi cuerpo se tensó, pero no importaba. Él disponía de cuanto precisaba para concluir sus ritos de la forma satisfactoria.

—Eres una diosa—dijo, incorporándose.

—No —musité. El sueño cobraba vida. Percibí el sonido del viento sobre la arena. El olor del río—. Soy un dios... un dios que bebe sangre.

Realizamos los ritos amatorios hasta que quedamos extenuados.

—Muéstrate discreto y cortés con nuestros anfitriones hebreos —le dije—. Son incapaces de comprender esta clase de cosas.

Él asintió con la cabeza.

—Te adoro —musitó.

—No es necesario. ¿Cómo te llamas?

—Marcellus.

—Bien, Marcellus, vete a dormir.

Marcellus y yo convertimos cada noche en una orgía de placer hasta que al fin vimos el faro de Pharos y comprendimos que habíamos llegado a Egipto.

_________________________________________________________

Poco despues de Lydia (Pandora) haber tenido una pesadilla en la que cumplia el rol de vampiro, con tanto fervor y placer, se entrego a aquel muchacho que apenas conocia.

Me ha gustado ese fragmento de -Pandora-, escrito por Ann Rice. ---Y fue asi, como dos cuerpos extraños entraron en intima complicidad, y el extasis de sus "ritos amatorios" les condujeron a agasajarse continuamente, noche tras noche... entrega tras entrega.

^^

sábado, 24 de mayo de 2008

A Guy Roussille, Cinco imágenes - De Alvaro Mutis

" El otoño es la estación preferida de los conversos. Detrás del cobrizo manto de las hojas, bajo el oro que comienzan a taladrar invisibles gusanos, mensajeros del invierno y el olvido, es más fácil sobrevivir a las nuevas obligaciones que agobian a los recién llegados a una fresca teología. Hay que desconfiar de la serenidad con que estas hojas esperan su inevitable caída, su vocación de polvo y nada. Ellas pueden permanecer aún unos instantes para testimoniar la inconmovible condición del tiempo; la derrota final de los más altos destinos de verdura y sazón. Hay objetos que no viajan nunca. Permanecen así, inmunes al olvido y a las más arduas labores que imponen el uso y el tiempo. Se detienen en una eternidad hecha de instantes paralelos que entretejen la nada y la costumbre. Esta condición singular los coloca al margen de la marca y la fiebre de la vida. No los visita la duda ni el espanto y la vegetación que los vigila es apenas una tenue huella de su vana duración. El sueño de los insectos está hecho de metales desconocidos que penetran en delgados taladros hasta el reino más oscuro de la geología. Nadie levante la mano para alcanzar los breves astros que nacen, a la hora de la siesta, con el roce sostenido de los litros. El sueño de los insectos está hecho de metales que sólo conoce la noche en sus grandes fiestas silenciosas. Cuidado. Un ave desciende y, tras ella, baja también la mañana para instalar sus tiendas, los altos lienzos del día. Nadie invitó a este personaje para que nos recitara la parte que le corresponde en el tablado que, en otra parte, levantan como un patíbulo para inocentes. No le serán cargados a su favor ni el obsecuente inclinarse de mendigo sorprendido, ni la falsa modestia que anuncian sus facciones de soplón manifiesto. Los asesinos lo buscan para ahogarlo en un baño de menta y plomo derretido. Ya le llega la hora, a pesar de su paso sigiloso y de su aire de -yo aquí no cuento para nada-. En el fondo del mar se cumplen lentas ceremonias presididas por la quietud de las materias que la tierra relegó hace millones de años al opalino olvido de las profundidades. La Coraza calcárea conoció un día el sol y los densos alcoholes del alba. Por eso reina en su quietud con la certeza de los nomeolvides. Florece en gestos desmayados el despertar de las medusas. Como si la vida inaugurara el nuevo rostro de la tierra. "
-------------
Este texto, sencillamente, me cautivo de la misma manera con que lo hizo Isabel Allende, lo han hecho otros y lo harán muchos mas...
Asi que, comparto esos matizes envolventes en este breve espacio de palabras...

miércoles, 7 de mayo de 2008

–¡Huye benévola!–.

–¡Huye benévola!–. En sueños la gloria que representa tu cuerpo por mi tacto será alcanzada. De nuevo, el viento ha cautivado la trayectoria de la danza de uno de tus pétalos, ¿será esa la dirección por la que descenderá la proeza que representa tu vida? Imposibles son de tararear aquellas melodías que dictan los chasquidos de tus suspiros, pues, inherentes y devotos han de ser, ante aquella Deidad profanadora de minuciosas divagaciones en las que atas lo que llaman “manía”; ¡Locura, éxtasis mental!

Intérnate en los suburbios exiliados por el tiempo; en los recovecos que anuncian presagios dictados por la extenuación de la razón, ¿dónde estás, Diosa de mi cordura? Prisionera entre palabras, te imploro. Indiferentes roces me son entregados por el desdén de tu presencia; ¿En realidad tu recuerdo se limita a tan mísero sentimiento? ¡No sabes cuánto me lamento! ¡Mi tacto te aclama! Regresa, Fílide de ancestrales cartas.

Mis sentires visten tus labios cada mañana. Cientos de anhelos he vertido sobre el cielo, impregnado las estrellas de historias que espero vivir junto a ti; esta noche seremos protagonistas de una de ellas, mientras el viento entrelaza su voz al silencio, para susurrarle al mundo: devoción. Inmutando la inercia que mantienes, al recitarte todo esto, me acoplaré al canto de las brisas del invierno, para dedicarte mis sentires más perfectos entre la abstinencia de aquel suplicio en que vive el mundo. Te quiero. Duerme; sueña, pues, sólo allí te bañaras entre pétalos, bajo el regazo de aquel cielo que purificará tus tersas anécdotas; sueña…. Y, canta mientras prolongo la infinita gama de estrellas disfrazadas de alba. Mis manos, exaltadas, no logran encontrar la calma, ¿Dónde estás, mi Dama? Lenore… ¡Lenore! ¿No escuchas mis gritos? ¡Respóndeme! –Digo desesperada, ineludiblemente entre sollozos-.

Absorta en lúgubres e inoportunas miradas, te encuentras; me pregunto, ¿acaso te ves reflejada en ellas? O ¿buscas retornar pasiones lejanas en el transverso tiempo, uniéndote al sentimiento? Confusa me mantengo, sujeta al hecho de quererte, tal y como la vida se adhiere a las huellas dejadas por generaciones pasadas. Palpables son aquellas marcas que, desgajadora la impaciencia, ha dejado sobre mi; posa tu mano sobre mi pecho, siente cómo entre el y mi cinto, empieza a desatarse algún tipo de tempestad, arrobo de dudas y sentires tan torpes como ingratas han de ser las tretas con que han de manipularnos, en manos de la distancia. Entrégate al candor que elimina al maltrecho tiempo; ¡Entrégate a mis besos!

¡Locura!… locura; he pasado a formar parte de los vestigios de aquella ficticia forma de vivir. Escribamos con lágrimas éstas palabras, dibujemos con metafóricos roces, el peso que ejerce el tiempo sobre nuestros taciturnos cuerpos, los que se niegan a su pasión menguar; ¿Es un sí tu silencio? ––un soplo cálido y quejumbroso me hizo sonreír––. Entre tantos delirios, el brillo de tus ojos enceguece mi razón; ¡Esbozo de dolor! Ahora, no puedo hacer más que alimentar la sed de éstas teclas, quienes no hacen más que provocar adicción, ya que los hechos que repentinamente ocurrirán en la prometedora historia que está por desatarse, parecen no tener indicio alguno sobre aquel presagio enviado por mis anhelos.

Enfoco mis ojos desconcertados sobre el cielo; no veo más que pasajeros sueños, ¡Tan perdidos! ¡Tan muertos!, no entiendo por qué han de aturdirme sus gritos, si tan sólo son torrentes de desvalidos sentires. Empiezo a dejar huellas sobre rostros perdidos, ¡Retratos de infamias!... – ¿Qué pasa? –.

Continúo observando con insistencia hacia aquel ‘portal de sombras’, tal vez en busca de alguna remota señal que logre otorgarme instantes de sensatez, ¿he de buscarte, o busco verte entre mortales y no entre seres exánimes? –Me pregunto, mientras acuno mi cuerpo sobre el frío suelo–, basta ya de perdida de tiempo, la alborada empieza a matar las estrellas; – ¿Cómo podré encontrarte sin sus efímeras anécdotas? –

Un grito – ¡Ahh! –, libero para inmutar el claustrofóbico silencio; ¡Prisión de miedos! Nada cambia. Todo sigue siendo tan agobiante como perdida en las afueras de mi propio mundo, me encuentro. – ¡Ahh! –. Empieza a desatarse de nuevo. – ¿Qué sucede?– Con mis pupilas dilatadas, bajo el efecto de inesperados sucesos: miedo y ataques esquizofrénicos, logro aceptar que el sol, pesado y abrumador, sobre mi está. El reencuentro de tus recuerdos, míseramente, ha muerto; aquellos destellos emitidos por tus ojos, a su vez, lo han hecho.

– ¿Dónde estás? ¿Podré encontrarte? –. ¡Que enfermizo!

Tendida caigo de nuevo, esta vez, sin saber cómo, ha sido sobre el confort de la gramilla. Tratando de recordar como he llegado hasta allí, inicio una pesquisa obsesiva, recopilando viejas vivencias. Tal parece que, partí del encierro de aquel envolvente caos, representado por mi entorno, adentrándome en la tez de algún espeso bosque, al carcomerla con el filo cortante de mi presencia… sólo, por buscarte.

– ¿No ves lo qué hago? ¿No percibes cómo llora el mundo, mientras a ti te busco? ¡No te ocultes, Lenore! –.

Atravesando la espesa progresión de ramas atravesadas, cansada, me regocijo bajo la humedad de un frondoso árbol de almendro, donde me limito a limpiar de mi cuerpo viejos lamentos, con metáforas de lluvia: pétalos; mientras deleito mis sentidos con tan gratos roces, te pienso. Mis ojos, convalecientes, son bañados por el rocío que trajeron consigo centenares de albores. Mi boca encuentra arrobo al probar de las asperezas del suelo, frutos prohibidos ante los ojos del mundo. Fugazmente, me incorporo. Delimito fronteras en mi imaginación, dibujando con mi voz en el viento, nuestro próximo encuentro.

Entre quimeras, perdida me encuentro. Tanto mi cuerpo como mi mente, empiezan a padecer de trastornos aún más irónicos que la locura.

– ¿Es este el precio que debo pagar, por a una Deidad amar? –––Digo, mientras realzo las expectativas de mis historias, impetuosamente, pasionales.

Energúmena, llevo mis manos hasta mi cabeza, manteniendo con firmeza expresiones de fatiga y desespero en mi rostro. Empuño fuertemente mis manos, aprisionando y halando con furia aquellos hilares que entre mis frágiles dedos se encontraban. Creo ver espíritus atrapados en el viento, pues, sé que no te tengo; majestuosamente, mientras mis quejidos danzan en compañía de las cantatas emitidas por el colapso de aquellas hojas que ornamentan dichos árboles, veo cómo innumerables destellos hacen de tu sombra, cuán hermoso destajo de encantos; ¡Ecos que te ausentan!

Mis ojos entornados, metamorfosean el sigilo, en augurios emanadores de impávidos gritos. No logro divisar los confines de mi cordura, ¿he perdido totalmente la razón? –Murmuro–. ¿Empiezan a seguirme las estrellas? –Agito de un lado a otro mi cabeza, intentando espabilarme–. Trato de ignorar su latente presencia. Continúo caminando, mientras escucho voces que resuenan incesantemente en mi cabeza, diciendo: – ¡oh, por Dios! ¿Es esto dolor, disfrazado de tan sutil canción? –. Justo al pronunciar esto, postrada caigo, al percibir azotes del viento sobre mi desfallecido cuerpo.

De pronto, sorpresivamente, con la misma certeza de un reavivado suspiro, me encuentro de pie, buscando nuevamente, alguna señal que me ayude a unos cuantos pasos más, dar. De forma extraña, he logrado menguar la tensión que se encontraba justo en la comisura de mis párpados; efectivamente, duermo. Mis manos parecieran amoldarse al caudal que inmacula todo torrente que ose desembocar sobre él, tu cintura; mis labios, impacientes, con locura y entre desatinos, se posan sobre los tuyos, con tanta fuerza y veracidad que podría arrancártelos. Aquel calcinante sol, no tardó en sucumbirme y alejarme de mi estado de somnolencia. Aturdida, comprendo que todo ha sido un mísero sueño, producto de la secuela de tu ausencia.

He aquí, entre deseos y márgenes fijados torpemente con tinta sobre alguna atiborrada gama de frases, el cementerio de mis incipientes anhelos. No existe pausa en mi llanto, pues, sé que no has muerto… tan sólo, otórgame consecutivamente, centenares de prorrumpidos besos; ¡Abstén el tiempo! Con caricias, eleva mi enerve revoloteo, y dime que estás conmigo, de nuevo. Espera un poco; esta noche, serás testigo del canto que profetizará nuestras andanzas por las estrellas, bajo aquel manto con que ha de cubrirnos la lluvia en medio de transcendentales palabras, que acunan las carencias del alma. ¡Alimenta tus sentires entre la distancia! ¡Sé perenne, mi Dama!

¡Consígueme! Hoy, la luna canta… ¡danza! Danza, Fílide de mis besos; Lenore de mis sueños…
-------
Por poco olvido esta carta, o deberia llamarle historia. Fue escrita a mediados de Enero o principios de Febrero; dejando atras eso, continuo compartiendo mis lineas: las pasadas... las actuales, y en cada comentario anexado a mis prosas, el prologo de algun porvenir de creaciones. ^^. Espero, no me equivoque al decirlo.

Tierna, desprotegida... hermosa.

Detallo la transparencia que caracteriza la parsimonia de tus proezas, mientras me envuelves con el candor de tu sonrisa, en el hálito vociferante dictado por tu ausencia, ¿dónde estás? Te observo; no, en realidad sólo te pienso. Taciturnas elocuencias son escuchadas al unísono de estertores que, en cada paso, extinguen las gotas de tu presencia. Mis líneas parecen exangües al ser dedicadas entre los cimientos muertos de tus vehementes secretos, ¡cuán impetuosos! ¡Cuán vertigínio de fuerza!

Como si cometiese alguna perfidia, con la pasión de mis latidos, entera te estremezco; tu piel busca mis roces, mientras tu boca consigue aquel sorbo blasfemante de la mía. Nuestras lenguas se entrecruzan. Nuestras manos se adhieren al rito urgente que hace estallar la faz endeble que acalla el sosiego libidinoso de centenares de sueños, ¡fragua ignominiosa de besos! –Shh. Calla. Siente cada soborno doblegado en silencio. Shh-.

Tus manos siguen siendo sensaciones que envías en conjunto con el viento para mi. Tus labios permanecen perennes, fecundando flagelos sobre cada poro… sobre cada centímetro disfrazado del alba que sonroja mis mejillas, entre la abstinencia de gélidos momentos. Otórgame uno de los tantos despojos del Hades con que sueñas y aquel al que recurres mientras de mi calor te alejas. Permíteme acariciarte, para así rociar sobre tus sentidos, mi esencia.

Te siento, ¿acaso buscas mi cuerpo sobre aquellas exánimes teclas? Traslucidas capas rodean estos carmesíes con que te arrullo en la instancia perfecta; tierna, desprotegida… hermosa, así te contemplo en el sollozo del tiempo, mientras desembocas tu quietud entre mis brazos, buscando la calidez de mi voluntad… en las palabras que ante ti, probablemente ya no estarán, ¿aún puedes verlas? Trascendentales fueron hasta la instancia en la que extirpaste entre tus decisiones el lienzo sobre el que dibujo la verdad abstracta con que visto al plectro que te aclama.

Desatino al verte y no poder poseerte. Ahogo mis anhelos en el vacio que sofoca nuestras voces desde aquel lugar en que yace perdido, el olvido. Observo tus labios, mientras en un beso trasmuto la desgajadora impaciencia, estrujándola en esta confesión impávida pero veraz; este momento profético me transporta a la quimera en que te alojas, acaricio tus pómulos enriqueciéndome con su simpatía; palpo tu piel delicadamente, para no ofuscar su tenue belleza, alcanzo tus labios, estos entreabiertos empañan mi sed con su aliento, ¿es esto un beso?

Delgados hilares de tela ornamentan tu cuerpo. Tierna, desprotegida… hermosa; así te contemplo entre el frio cortante de mis brazos, grabando y rasgando mi tez con el aroma que impregna de ti la esquizofrenia de mis entrañas; plenamente, en calma.
-----------
Solo unas endebles lineas; me siento, de nuevo, sin fuerza. Espero no sean del todo inhospitas estas palabras. Ya no soy la misma de hace unos meses... aun asi, aqui les dejo la simplicidad que hace de estas letras algo casi exangue.

lunes, 5 de mayo de 2008

Ladrona y Asesina

Para mirarte por dentro y entender tus movimientos, para dejarte un poco de mí, para que te recuerde, para que me olvides pero no completamente...

Te dormiré de un golpe en la nuca, abriré tu cuerpo y te sacaré el corazón, le inyectaré una jeringa llena de mi sangre...

Te sacaré los ojos y los pondré en lugar de los míos, sacaré tu cerebro y plasmaré tus pensamientos en mi cabeza, robaré tu alma y la tragaré...

Quitaré el olor de mi cuerpo y te bañaré en él, grabaré con cincel en tu pecho el dulce dolor que siento a veces...cuando te veo...

Me arrancaré la lengua y te saborearé completo, abriré mi pecho y lo vaciaré en ti, un poco en tu cerebro, un poco en tu corazón...

Devolveré lo tuyo y te entregaré lo mío, te acariciaré las manos, los brazos, tomaré tu cabeza y la acogeré, te meceré como si fueras un niño, me acercaré a tu rostro y robaré tu aliento, acercaré tu oído a mi centro y me dejaré caer sobre ti...

Te acariciaré, acariciaré tu pelo y te despertaré con un dulce beso...Y cuando abras tus ojos me habré ido.
Entendiéndote. Rompiéndome.

Y cuando abras tus ojos me habré convertido en ladrona y asesina, te habré robado y me habré matado. Y tú, no sabrás nunca que por tus venas corre un poco de mi sangre.
Y ya no tendrás claustrofobia.
Sólo sentirás un ligero dolor en la nuca y el extraño recuerdo de un rostro pálido como la luna.


Texto escrito por Alfonsina
http://cicutaomaleza.blogspot.com/